jueves, 6 de diciembre de 2012

Adultos mayores en el metro


Abrí los ojos y vi a un hombre parado justo a mi lado. Detallé su cara y sobre todo su cabello completamente blanco y sentí que debía continuar el viaje de pie para que él ocupara mi asiento, sin embargo, lo pensé varias veces  antes de pararme y  sentí pena por mis constantes dolores de espalda que seguro  se agudizarían durante las 12 estaciones que debía esperar para llegar a mi destino. Finalmente me paré con algo de temor, pues si bien el darle el puesto a alguien mayor es bien visto, si la persona a la que se le brinda el puesto no se siente tan mayor puede tomar este acto de cortesía como una ofensa: ya se sabe que la vejez en nuestro contexto es  la etapa de la que todos quieren huir.


Me paré entonces y le dije al señor que se sentara. En el instante el hombre me miró y dijo: ¡no creía que me veía tan viejo!
Su comentario me dejó sin aliento y solo pude esbozar una pequeña sonrisa que siempre aparece cuando no sé qué decir. El hombre me dijo que continuara sentada y así lo hice.

En la estación siguiente la persona que iba sentada junto a mí se paró y  el hombre se sentó en la silla mirándome.
-No suelo montar en metro -dijo- voy al taller donde están reparando el carro.
Sacó de una agenda café algo así como una cuenta de pago y la puso ante mis ojos. ¡Qué dineral! ¿No cree?

Aunque miré la hoja, no reparé mucho en el precio, sino en la actitud del hombre conmigo. Sus palabras me dieron a entender que no estaba molesto entonces  le dije que cualquier tipo de arreglo para un carro siempre solía ser una suma de dinero considerable.

-¿Y para dónde va? preguntó.

-Para el trabajo.

-Usted tiene cara de comunicadora… ¿Me equivoco?

Sonreí por  su acierto confirmándole su impresión.

Pasaron los minutos y hablamos sobre mi trabajo, sobre la vida de él y por último volvió a decirme que había sido para él una sorpresa que alguien lo encontrara tan viejo como para cederle el puesto.

Sin  más que decir, dejé que el silencio precediera al comentario y le dije que había sido un gusto conocerlo, que debía bajarme en la próxima estación. El hombre sonrió amablemente y me deseó un buen día matándome el ojo.

1 comentario:

  1. ¡Qué buenas son esas conversaciones! Recupera uno cierta noción de "no todo está perdido".

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