jueves, 6 de diciembre de 2012

La espiral del silencio


Todas las sillas del bus estaban ocupadas. La mujer pasó  por la registradora entregando su pasaje y el conductor lo tomó bruscamente y arrancó con fuerza sin esperar que ella tomara una posición adecuada.

Sentía desde mi asiento la furia que llevaba, pensaba en lo irresponsable de su actitud y recordé la manera en la que había tomado mi pasaje, casi arrebatándolo. El contacto con su mano me dejó una sensación de desprecio y ahora veía aquella mujer en una situación más difícil que la mía.

El bus arrancó y ella, sin equilibrio, dio algunos pasos torpes tratando de encontrar estabilidad, sin embargo, la brusquedad del conductor que apretaba el acelerador, como si  así exorcizara sus problemas, la llevó directo al piso.  

Primero vi uno de sus tacones que se doblaba, pero antes de escuchar el impacto de sus rodillas contra el piso me estremecí por el sonido que produjo el contacto de su cabeza con una de las barandas metálicas que sostienen los espaldares de las sillas.

Hay muchas caídas que suelen darme risa, pero esta me llenó de indignación. Quise pararme y gritarle al conductor, decirle todas las palabras que merecía. Pero miré alrededor y todos estaban en silencio mirando a la mujer que con dificultad se paraba. Ni siquiera ella fue capaz de decir algo. Un hombre le extendió la mano para ayudarla pero en mi interior sentía que no era suficiente. El conductor debía recibir aquello que había provocado, pero solo pudimos darle silencio, un silencio que aprobó su manera de actuar y que aún me duele porque no tuve la valentía de expresar mi justa indignación.

El silencio colectivo enmudeció mi grito interior. ¿Pero qué era lo más justo? ¿Cuál era la actitud correcta?

Tal vez parezca que esta es una anécdota sin importancia, sin embargo es una de mis historias favoritas aunque la sensación de culpa regrese a mí cuando me veo allí sentada sin decir nada. ¿Pero por qué es tan valiosa?  Quizá porque me llevó a pensar que no siempre la mayoría tiene la razón, aunque la democracia sea un principio incuestionable, advertí el magnífico poder que tienen las masas para impulsar  o prohibir comportamientos sociales y pensé también en lo difícil que es ir en contra de la corriente y en la soledad que a veces supone actuar de acuerdo a la conciencia…

Pero también he pensado en el dolor que implica callar para camuflarse con los otros, quizá allí esté la verdadera soledad, en medio de las multitudes.

3 comentarios:

  1. excelente historia con una profunda reflexión. Creo que estas poniendo en práctica el consejo de Jhonatan Swift quién plantea que la mejor forma de curar los pensamientos y sentimientos es escribiendo....un beso mi princesa hermosa..felicitaciones por tu excelente forma de escribir

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  2. Susy, me gusta mucho, en ocasiones, el mismo susto, el nerviosismo nos hace callar, pero es muy cierto lo que dices, las fuerza en que las masas impulsan a actuar, quizás donde hubieses alzado tu voz, hubieras desatado un linchamiento en contra del conductor,pero también queda esa sensación de impotencia y repudio contra un acto de grosería e irresponsabilidad como ese.

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  3. susi, la reflexion lleva al lector justo hasta donde quieres que desemboque su fluida atencion. Tienes razón cuando dices que es en medio de la multitud donde se encuentra la soledad. Muchas veces lo sentí cuando entre mis compañeros de colegio, a pesar de sus chistes, gritos, risas y silencios, estaba yo experimentando una melancólica soledad
    mira hasta donde mi hiciste viajar... ese bus tiene una ruta directa al pasado y tambien a un paradero que permite pensar en lo que desapercibido sucede frente a nosotros cada instante

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