miércoles, 12 de marzo de 2014

¿Dónde está la verdad?

Cada vez que escapo de las certezas descubro en la incertidumbre que el mundo es un mar de percepciones. Abro los ojos y no juzgo, escucho y dejo que otras palabras puedan transformarme. No hay temor de caer en las contradicciones, ni de mirar hacia el pasado para encontrar en él pensamientos que ya no me definen.

¿Y qué es lo que nos define? He participado en batallas de opinión, en guerras de la razón que solo dejan egos ganadores y vencidos. ¿Para qué esta lucha de opiniones? ¿Cambia el mundo cuando ganamos una discusión?

Mil maneras existen de interpretar la realidad ¿Hay una acertada?

Hoy vi lucidez en ideas que se contradecían. Cada que me acerco a un tema desde múltiples visiones siento que la verdad es como la luz: se expresa en la combinación de todos los colores.

miércoles, 12 de febrero de 2014

¿Qué es una ciudad segura?

Después de leer una noticia que compartió mi profesor Jorge Alberto Velásquez en su cuenta de Facebook me enteré que el proyecto de periodismo público Voces Ciudadanas se retomaría con el apoyo de varios medios de comunicación y el Área Metropolitana  para promover la participación de los ciudadanos frente temas de interés público.

Al saber que el proyecto surgió hace 16 años en la Facultad de Comunicación Social Periodismo de la UPB sentí aún más interés al tratarse de la universidad donde me formé, así que fui brincando de link en link  hasta llegar a la página de Facebook Voces Ciudadanas por la Seguridad y la Convivencia. Una vez allí le di Me Gusta y revisando en el muro encontré la primera pregunta: ¿Qué es una ciudad segura para usted?

La pregunta implicaba detenerse un poco más para trascender la importante pero incipiente decisión de darle Me Gusta a una iniciativa. Y allí tuve la primera tentación  después de pensar varios minutos sin encontrar una respuesta satisfactoria: ¿Y si respondo mañana?

Esta pregunta era la manera olímpica de evadir el compromiso con la excusa de que al día siguiente lo resolvería ¿pero cuántas tareas había dejado para mañana en años anteriores que ya no recordaba?

¿Acaso no estaba convencida de la necesidad de pasar de una democracia representativa a una participativa y deliberativa? ¿No habían demostrado gran parte de nuestros representantes  políticos mediante escandalosas propuestas egoístas y pasados criminales su incapacidad para entender los intereses y prioridades de la gente? ¿Iba a descartar la oportunidad de opinar aún cuando los canales para hacerlo serían las redes sociales, tan cercanas a mi vida cotidiana?

Durante el pregrado analizamos las consecuencias devastadoras de la indiferencia en un país con tantos problemas sociales. El dinero público desapareciendo, el sistema de salud en detrimento de la vida, la justicia impartiéndose únicamente para aquellos que no pueden comprarla, todo esto acompañado de impunidad gracias a una ciudadanía dispersa, apática, hastiada del tejemaneje propio de la política local y nacional.

Así tomé la decisión de renunciar a una película que quería ver en la tarde para sentarme a escribir y a organizar mejor las ideas frente a lo que pienso que es una ciudad segura. Pensé que si  detestaba el egoísmo en los dirigentes tenía que reconocer el individualismo en mí y ceder un poco, no para castigarme, sino para encontrar satisfacción en la posibilidad de reflexionar sobre temas colectivos.

¿Qué es una ciudad segura? Al hacerme la pregunta por segunda vez pensé en los cuadrantes de policías que se implementaron en el Área Metropolitana desde el 2010 para combatir la inseguridad. Pero, a juzgar por la experiencia, concluí que la seguridad no estaba asociada únicamente al incremento en el número de policías pues una ciudad que entiende a la seguridad bajo la fórmula SEGURIDAD = + POLICÍAS está concluyendo que la coacción y el miedo al castigo son la única solución para controlar las acciones de la gente.

Si bien el aumento de la fuerza pública es una respuesta inmediata a la inseguridad que vivimos, es sólo una medida que ataca la consecuencia y no la causa del problema. ¿Pues qué puede ser más inseguro que vivir en una ciudad con tanta desigualdad social? ¿Cómo se puede caminar con tranquilidad por las calles si sabemos que cientos de personas no tienen trabajo, no tienen una casa digna para vivir, no tienen la certeza de que podrán aliviar el hambre durante el día?

A esto se suma el tema del dinero, la obsesión del mundo occidental, a la que no escapa nuestra ciudad, donde existe un fuerte imaginario que asocia al éxito con la acumulación de dinero. Dinero que, sin importar los medios para conseguirlo, ha logrado comprarlo todo en Colombia: la justicia, la verdad, la perpetuación de la desigualdad restándole así legitimidad a la fuerza pública y al poder político.

Esto me llevó a pensar que la verdadera inseguridad se esconde en el individualismo creciente, en la idea de que cada persona debe luchar por sí misma, trabajar para alcanzar sus sueños personales y hacer la vista gorda cuando el dolor del otro pase frente a sus narices.

Nadie puede cambiar una ciudad, mucho menos un país. Una persona no puede cargar con problemas tan complejos. Cuando se comprende esto los más sensatos sueltan la carga y otros deciden asumir problemas que los van consumiendo en amargura y resentimiento: dos actitudes que en lugar de ayudar agravan el problema.

Tal vez porque los problemas colectivos deben asumirse colectivamente y no individualmente y para ello se hacen necesarios espacios públicos que fomenten el encuentro ciudadano y la deliberación pública frente a temas de interés. Necesitamos espacios que le hagan frente al sentimiento de soledad característico de las grandes ciudades pues está claro que entre más somos, más solos nos sentimos.

Cuando hablo de espacios públicos, no sólo me refiero a lugares físicos también me refiero a espacios virtuales de deliberación donde la gente comparta ideas y propuestas frente temas comunes promoviendo así el encuentro de personas que aún sin conocerse se identifican como ciudadanas dispuestas a reflexionar, expresar y escuchar.

Si la inseguridad tiene varias causas, debe enfrentarse con varias alternativas. No puede minimizarse el problema a la captura de los delincuentes pues hay todo un sistema social que sigue originando delincuentes de manera exponencial. Un claro ejemplo es el estado de las cárceles con una  sobrepoblación alarmante.

Por esto aplaudo iniciativas como el proyecto Voces Ciudadanas porque une la reflexión académica con los medios de comunicación para fortalecer la participación de la sociedad civil. Este es un camino que promueve la construcción colectiva de propuestas y plantea sin duda desafíos para aprender a debatir, llegar acuerdos  y aceptar disensos; es un avance para abordar el aislamiento de los ciudadanos y por lo tanto es una alternativa que enfrenta el problema de inseguridad si entendemos por inseguridad ese sentimiento de desconexión total con el otro.

Tal vez hoy estemos viviendo las consecuencias de un pensamiento egocéntrico global -que no percibe la incidencia de los actos individuales en lo colectivo- en el malestar social evidente en robos, asesinatos, extorsiones y secuestros. Finalmente toda causa tiene su consecuencia, por ello, nada será más perjudicial para el ser humano que su incapacidad para identificarse con el dolor del otro.

Que sea entonces este proyecto de periodismo público la oportunidad de escuchar otras voces, de identificar sueños y propuestas diversas. Tal vez el primer paso para combatir la inseguridad sea el fortalecimiento de la ciudadanía mediante espacios de participación pública.


La noticia Voces Ciudadanas.

La red social Voces Ciudadanas

jueves, 11 de julio de 2013

Susana, sus inversiones


El objetivo era fácil: entrar en la oficina cuando llegara mi turno, saludar, sentarme y pedir que eliminaran de mi  recién nacida cuenta de ahorros el 4 X 1.000. Parecía un asunto sencillo que empezó a complicarse cuando el hombre que me atendía comenzó  a hablar de una maravillosa póliza de seguro.  “Señorita no le interesaría contar con un seguro de vida que le ayude a… bla, bla, bla”. Me sentí agotada.

El hombre seguía hablando mientras que yo intentaba concentrarme en un formulario que debía llenar para solucionar mi verdadero problema. Tuve que parar de escribir porque no gozo de esa cualidad femenina que te permite hacer varias cosas a la vez y porque además me sentía grosera si no lo miraba mientras hablaba.

En un instante le pregunté cuánto valía pagar el seguro y el hombre entusiasmado sacó una tarifa para explicarme en detalle. ¡No puede ser! -pensé- La conversación se prolongará.

“A diferencia de otros seguros que sólo cubren ciertos temas después de la muerte, este seguro le ayudará en caso de hospitalización si ya lleva más de tres días en el hospital…bla, bla, bla”(…) “Para obtener el seguro básico de 15 millones sólo pagará 7.000 mil pesos al mes”.

-¿Bueno y se demora mucho ese trámite? Le pregunté pensando que preferiría pagar 7 mil al mes que seguir escuchándolo.

-¡No, es cuestión de 5 minutos! Cuénteme señorita Susana ¿Cuántos años tiene? ¿Sufre de alguna enfermedad? ¿La van a operar en menos de 3 meses? ¿Practica algún deporte extremo?.. -El hombre ponía cara de satisfacción cuando le respondía a todas las preguntas que No-.

-Bueno, entonces sí  es apta para adquirir la póliza, concluyó sonriente.

No pude aguantar la risa al concluir que el seguro de vida  es sólo para aquellos que no lo necesitan. ¡Negocio redondo!

Dejó de hablar y me entregó tres hojas para que pusiera mi firma, cédula y huella digital. En ese momento quise salir corriendo y decirle que me había arrepentido, que por favor atendiera a mi verdadera necesidad, pero no dije nada, por el contrario: tomé el lapicero y llené todo lo más rápido posible.

-Cuénteme señorita Susana ¿quiénes serán los beneficiarios de la póliza cuando usted muera? ¿Cuál será el porcentaje que recibirá cada uno?...

Lo más absurdo fue que primero adquirí la póliza y después solucioné el problema del 4X1000. Salí aturdida del banco encontrándome ante la primera experiencia de una persona que empieza a trabajar: los bancos mirándote como si tuvieras el signo peso dibujado en la frente.

Caminé hacia al bus pensando en el absurdo de estos tiempos en los que todos ahorramos esperando tragedias futuras: 300 mil mensuales por si me enfermo, 30 mil por si me muero, 100 mil por si llego a jubilarme…

No estoy en contra de la prevención, pero me parece interesante analizar cuáles son las empresas más poderosas. ¿Dónde se mueve el dinero? Y concluí que  las empresas que “atacan” lo impredecible, las que se adelantan al mañana  o las que intentan manipular el azar de la vida se llevan una buena tajada.

De momento, me gustaría invertir los 7 mil pesos que seguramente ya me descontaron por concepto de la póliza (estos trámites se hacen rapidísimo) en un buen helado o una cerveza para alivianar un poco la sensación de frustración e ingenuidad por la que pasé en mi primer mes oficial de trabajo.

Tal vez mientras me tome una cerveza pueda prepararme para la próxima llamada del mismo banco en la que me ofrecerán una fabulosa tarjeta de crédito o un préstamo por 20 millones de pesos que no he solicitado.

Empiezo ahora a entender desde la vida cotidiana la sociedad del consumo: trabaja, compra y endéudate, pero también ahorra para pagar tu entierro y aliviar con algo de dinero el dolor de las personas que más te quisieron.




jueves, 28 de marzo de 2013

Mi ciudad paranoide


Entre más somos, más inseguros nos sentimos, pensé mientras caminaba por el centro de la ciudad. Cogí mi bolso y lo llevé hacia adelante para no perderlo de vista practicando el consejo que me dio una vendedora de lotería en el Parque Berrío.
 
Con rapidez atravesé calles, esquivé bolsos, miradas, palabras y hombres que extendían hacia mi estómago papelitos con publicidades baratas de hierbateros. 

En minutos llegué a Prado- Centro y al encontrarme sin saber hacia dónde ir, sentí que el corazón se me aceleraba. Aunque estaba perdida en un lugar solitario y cada vez más oscuro, no quise sacar el papel con la dirección  del teatro al que debía llegar tratando de disimular lo que ocurría. 

¿Será que le pregunto a alguien? pero sólo vi tres indigentes caminando cerca. Entonces caminé rápido subiendo por calles que empezaban a empinarse conduciéndome hacia lo desconocido hasta que paré y con un giro de 90 grados grados deshice los pasos antes caminados. Y empecé a sudar y a pensar en historias terribles de tías y primas que vivieron malas experiencias en el centro de la ciudad. En la escopolamina y las nuevas técnicas de robo, en los hombres depravados y violadores que andan por ahí…

Después de largos segundos de pánico vi una tienda a la que entré. Allí compartí con el dueño la dirección y  recibí indicaciones.

De nuevo en la calle un hombre rozó mi brazo susurrándome algunas palabras al oído. En ese momento lo miré a los ojos con pánico intuyendo que era un violador y tuve que contener las ganas de gritar y  salir corriendo como una loca.  Pero nada de lo que imaginé pasó. El hombre siguió su camino y de vez en cuando devolvía la cabeza para mirarme. Era uno más entre tantos hombres que te llevan con sus palabras y miradas a los límites del fastidio.

Aunque sabía que estaba cerca del teatro que buscaba perdí toda la intención de llegar tanteando entre calle y calle, así que bajé nuevamente hasta el centro con la decisión de coger un taxi. Sobre la Oriental tomé el primero que vi vacío creyendo que todos mis problemas y miedos se desvanecerían… sin embargo mi desesperación creció cuando miré al retrovisor y vi la mirada perdida de un taxista que parecía trabado.

¡Ahora estoy peor que antes! Concluí con desesperación sintiendo que el corazón se  me salía del pecho, pero disimulé seguridad y proyectando un valor que me había abandonado, le di las indicaciones del teatro al que debía llegar. Una vez más, las historias retorcidas que imaginé mientras miraba por la ventana, no ocurrieron.

Llegamos en segundos al teatro. Pagué la carrera sintiendo que lo peor había quedado atrás. Me sentí por unos segundos a salvo, pero cuando toqué el timbre tuve la  terrible sensación de que incluso allí parada frente a la puerta corría peligro. ¿Me robarían? ¿Por qué se demoraban tanto en abrir? ¿Por qué no pasaba nadie por esa cuadra? ¿Pasaría un violador antes de que abrieran la puerta?

Después de largos segundos me abrieron y saludé con torpeza a las dos personas que se encontraban en la entrada. No puedo decir si fueron amables pues la paranoia se había apoderado de mí haciéndome sentir que había algo malo en todo lo que decía, me sentía torpe, tímida, observada con desaprobación por los demás y con pocas energías cuando la noche apenas empezaba.

Ese día mi ciudad se llenó de miedo, de horrores por descubrir, de malas intenciones, ese día miré hacia atrás  y encontré perdida la inocencia  de antes, los pensamientos despejados y tranquilos que experimentaba aún en los contextos más oscuros, en la confianza que depositaba en los desconocidos, en mi facilidad para sonreírle a extraños con los que me encontraba en el camino.

Algún día un profesor de periodismo al leer una crónica que hice del Parque de Envigado se quedó asombrado porque solo vio escenas  de niños jugando con burbujas de jabón, novios comiendo crispetas, viejitos vendiendo muñecas, relojes y todo tipo de cachivaches, borrachos inofensivos extendidos en las bancas, serenateros y vendedores ambulantes. “¿Pero qué hay de la oficina de Envigado? ¿Esto es lo que pasa en lo que fue la Casa de Pablo Escobar?” Me preguntó con la certeza de que a la crónica le faltaban cosas esenciales, sin embargo en aquel tiempo nada de esto pude ver. ¿Pero cuántas cosas habría visto si me hubiese hecho las mismas preguntas de mi profesor antes de ir al parque?

Comprendo que nuestra realidad ha estado marcada por la violencia y que sería absurdo cerrar los ojos y los oídos a las circunstancias que compartimos. Pero creo que paralelamente a esa violencia se han construido otras historias que día a día se desarrollan por cientos de personas que no salen en los periódicos.

Por esto no quiero que el miedo mine nuestra alegría, ni la intuición de que en cada persona hay luz por descubrir. Muchos podrán llamar a esto ingenuidad, yo le llamo supervivencia. ¿Pues qué clase de vida tendría si he perdido la esperanza en la humanidad? Creo que si pierdo la esperanza en la humanidad, perdería la esperanza en mí  y perdería la certeza de que la libertad nos permite cada día construir nuevos caminos.

Ya sé que los medios de comunicación han sido excelentes difusores de la  maldad en el mundo, que la crueldad, la sangre y la miseria no tienen que hacer lobby para salir en la televisión, pero yo quiero contar, ver y vivir otras historias, ese mundo que construyen las personas que no tienen miedo, quiero ser testigo de las realidades que tejen los que dejaron de quejarse y que asumieron su papel de transformadores sobre la tierra.

Después de un día de miedo, llegué a mi casa y  me reencontré con la calma en el silencio de mi habitación. Pronto volví a sentir la energía que palpita y se mueve eternamente, respiré profundo y sentí que me sanaba. Me entregué al presente y dejé atrás el ruido de mis pensamientos. La noche llegó y devoró con su compasiva oscuridad los dolores de mi mente atormentada.


lunes, 10 de diciembre de 2012

Billete en el suelo


Miré hacia el suelo y en el instante cayó un billete de 50 mil pesos de la maleta de un hombre parado a unos pasos de mí, entonces dejé de hablar por celular, me acerqué y le señalé el billete diciéndole que se le había caído. El hombre miró sorprendido, se agachó y lo tomó guardándolo en  uno de sus bolsillos.

Después de esto retomé la conversación que llevaba por celular y colgué unos segundos después. Sentí que el hombre me miraba desde lejos y luego de vacilar un rato se acercó y  me dijo:
-Niña, usted si es buena gente. Otro en su lugar se había quedado callado.

Fue entonces cuando le dije que no sería capaz de quedarme con algo que no me pertenece.
El hombre agregó:

-Con esta plata iba a pagar los servicios.

Cuando me monté en el metro pensé en lo triste que hubiese sido que el hombre llegara a pagar y al buscar el billete no lo encontrara.

¿Habría podido disfrutar un dinero que no era mío? ¿Cuántas cosas podría haber comprado con 50 mil pesos?  Pensé minutos después.

Definitivamente concluí que no podría disfrutar de aquello que le causa mal a otro. Como dicen los mayas: IN LAK´ECH: "YO SOY OTRO TÚ".

jueves, 6 de diciembre de 2012

La espiral del silencio


Todas las sillas del bus estaban ocupadas. La mujer pasó  por la registradora entregando su pasaje y el conductor lo tomó bruscamente y arrancó con fuerza sin esperar que ella tomara una posición adecuada.

Sentía desde mi asiento la furia que llevaba, pensaba en lo irresponsable de su actitud y recordé la manera en la que había tomado mi pasaje, casi arrebatándolo. El contacto con su mano me dejó una sensación de desprecio y ahora veía aquella mujer en una situación más difícil que la mía.

El bus arrancó y ella, sin equilibrio, dio algunos pasos torpes tratando de encontrar estabilidad, sin embargo, la brusquedad del conductor que apretaba el acelerador, como si  así exorcizara sus problemas, la llevó directo al piso.  

Primero vi uno de sus tacones que se doblaba, pero antes de escuchar el impacto de sus rodillas contra el piso me estremecí por el sonido que produjo el contacto de su cabeza con una de las barandas metálicas que sostienen los espaldares de las sillas.

Hay muchas caídas que suelen darme risa, pero esta me llenó de indignación. Quise pararme y gritarle al conductor, decirle todas las palabras que merecía. Pero miré alrededor y todos estaban en silencio mirando a la mujer que con dificultad se paraba. Ni siquiera ella fue capaz de decir algo. Un hombre le extendió la mano para ayudarla pero en mi interior sentía que no era suficiente. El conductor debía recibir aquello que había provocado, pero solo pudimos darle silencio, un silencio que aprobó su manera de actuar y que aún me duele porque no tuve la valentía de expresar mi justa indignación.

El silencio colectivo enmudeció mi grito interior. ¿Pero qué era lo más justo? ¿Cuál era la actitud correcta?

Tal vez parezca que esta es una anécdota sin importancia, sin embargo es una de mis historias favoritas aunque la sensación de culpa regrese a mí cuando me veo allí sentada sin decir nada. ¿Pero por qué es tan valiosa?  Quizá porque me llevó a pensar que no siempre la mayoría tiene la razón, aunque la democracia sea un principio incuestionable, advertí el magnífico poder que tienen las masas para impulsar  o prohibir comportamientos sociales y pensé también en lo difícil que es ir en contra de la corriente y en la soledad que a veces supone actuar de acuerdo a la conciencia…

Pero también he pensado en el dolor que implica callar para camuflarse con los otros, quizá allí esté la verdadera soledad, en medio de las multitudes.

Adultos mayores en el metro


Abrí los ojos y vi a un hombre parado justo a mi lado. Detallé su cara y sobre todo su cabello completamente blanco y sentí que debía continuar el viaje de pie para que él ocupara mi asiento, sin embargo, lo pensé varias veces  antes de pararme y  sentí pena por mis constantes dolores de espalda que seguro  se agudizarían durante las 12 estaciones que debía esperar para llegar a mi destino. Finalmente me paré con algo de temor, pues si bien el darle el puesto a alguien mayor es bien visto, si la persona a la que se le brinda el puesto no se siente tan mayor puede tomar este acto de cortesía como una ofensa: ya se sabe que la vejez en nuestro contexto es  la etapa de la que todos quieren huir.


Me paré entonces y le dije al señor que se sentara. En el instante el hombre me miró y dijo: ¡no creía que me veía tan viejo!
Su comentario me dejó sin aliento y solo pude esbozar una pequeña sonrisa que siempre aparece cuando no sé qué decir. El hombre me dijo que continuara sentada y así lo hice.

En la estación siguiente la persona que iba sentada junto a mí se paró y  el hombre se sentó en la silla mirándome.
-No suelo montar en metro -dijo- voy al taller donde están reparando el carro.
Sacó de una agenda café algo así como una cuenta de pago y la puso ante mis ojos. ¡Qué dineral! ¿No cree?

Aunque miré la hoja, no reparé mucho en el precio, sino en la actitud del hombre conmigo. Sus palabras me dieron a entender que no estaba molesto entonces  le dije que cualquier tipo de arreglo para un carro siempre solía ser una suma de dinero considerable.

-¿Y para dónde va? preguntó.

-Para el trabajo.

-Usted tiene cara de comunicadora… ¿Me equivoco?

Sonreí por  su acierto confirmándole su impresión.

Pasaron los minutos y hablamos sobre mi trabajo, sobre la vida de él y por último volvió a decirme que había sido para él una sorpresa que alguien lo encontrara tan viejo como para cederle el puesto.

Sin  más que decir, dejé que el silencio precediera al comentario y le dije que había sido un gusto conocerlo, que debía bajarme en la próxima estación. El hombre sonrió amablemente y me deseó un buen día matándome el ojo.