miércoles, 7 de mayo de 2014

La última llamada

 ¡No cuelgues, por favor no cuelgues! -te dije- y el corazón se me volvió silencio. Tu presencia sin palabras repicaba lejos de mí detrás del teléfono. Trece estaciones del metro entre nosotros. Trece horas, trece años, trece vidas. El vértigo me abrazó en la muerte de tus palabras y supiste que en ese silencio mi casa se caía, que me quedaba sola entre la tierra y la noche, con el viento abrazando mi presencia sin días, mi vida sin vos.


Y sabías que te sentía, que escuchaba tu respiración lejos del teléfono porque no quisiste colgarme, porque querías mostrarme tu ritual del olvido, tu sanación de mí. Y me quedé allí para presenciarlo.

Supe que llorabas, te congestionabas, te asfixiabas con una tristeza que me ensordecía. Pero tu dolor era ritmo, porque la vida es ritmo, porque la vida vive en el día y en la noche. Y tuviste que gritar, gritaste como un niño que pierde una bomba de helio y en tu grito miraste la bomba que corría hacia arriba, hacia un cielo cerca de ti, lejos de ti; en el universo.

Me lloraste en cada grito, en cada espasmo, en la honestidad de tu silencio. Salieron por tu boca las historias que vivimos y las tiraste por el piso para verlas fuera de ti. Yo también lloraba sin tus oídos para escucharme, asistía al funeral que me hacías. ¿Tu mamá se despertará? ¿Tus vecinos tocarán la puerta? ¿Quién estará allí para escucharte? 

Pero supe que no estabas solo mi luz, mi ángel, mi compañero sin tiempo, supe que era suficiente con que te apreciaras en la plenitud de tu belleza. Jamás podrás estar solo si te has visto como yo te he visto. Ningún reto será grande para el alma que tienes.

No quiero estar allí cuando barras nuestras historias, colgaré primero para sentir que algo de mí ha quedado contigo y en el bullicio de esta ciudad te llevaré al parque, a la universidad, a los hospitales y estarás allí en mis futuros amores de aire, de agua y de fuego. Estará la intensidad de tu mirada acompañándome por siempre y la vida me sabrá a sal y a azúcar y el cielo me robará una sonrisa y veré luz en otras miradas y tendré tiempo para las flores, para el cine, el baile y la literatura, y debes saber que también volveré al mar y contemplaré en él la melodía de la vida, las armonías de todos los sonidos que se unen para mostrarme que la belleza tiene más de mil colores.

1 comentario: