¡No cuelgues, por favor no cuelgues! -te dije- y el corazón
se me volvió silencio. Tu presencia sin palabras repicaba lejos de mí detrás
del teléfono. Trece estaciones del metro entre nosotros. Trece horas, trece
años, trece vidas. El vértigo me abrazó en la muerte de tus palabras y supiste
que en ese silencio mi casa se caía, que me quedaba sola entre la tierra y la
noche, con el viento abrazando mi presencia sin días, mi vida sin vos.
Y sabías que te sentía, que escuchaba tu respiración lejos
del teléfono porque no quisiste colgarme, porque querías mostrarme tu ritual
del olvido, tu sanación de mí. Y me quedé allí para presenciarlo.
Supe que llorabas, te congestionabas, te asfixiabas con una
tristeza que me ensordecía. Pero tu dolor era ritmo, porque la vida es ritmo,
porque la vida vive en el día y en la noche. Y tuviste que gritar, gritaste
como un niño que pierde una bomba de helio y en tu grito miraste la bomba que
corría hacia arriba, hacia un cielo cerca de ti, lejos de ti; en el universo.
Me lloraste en cada grito, en cada espasmo, en la honestidad
de tu silencio. Salieron por tu boca las historias que vivimos y las tiraste
por el piso para verlas fuera de ti. Yo también lloraba sin tus oídos para
escucharme, asistía al funeral que me hacías. ¿Tu mamá se despertará? ¿Tus
vecinos tocarán la puerta? ¿Quién estará allí para escucharte?
Pero supe que no estabas solo mi luz, mi ángel, mi compañero
sin tiempo, supe que era suficiente con que te apreciaras en la plenitud de tu
belleza. Jamás podrás estar solo si te has visto como yo te he visto. Ningún
reto será grande para el alma que tienes.
No quiero estar allí cuando barras nuestras historias,
colgaré primero para sentir que algo de mí ha quedado contigo y en el bullicio
de esta ciudad te llevaré al parque, a la universidad, a los hospitales y
estarás allí en mis futuros amores de aire, de agua y de fuego. Estará la
intensidad de tu mirada acompañándome por siempre y la vida me sabrá a sal y a
azúcar y el cielo me robará una sonrisa y veré luz en otras miradas y tendré
tiempo para las flores, para el cine, el baile y la literatura, y debes saber
que también volveré al mar y contemplaré en él la melodía de la vida, las
armonías de todos los sonidos que se unen para mostrarme que la belleza tiene
más de mil colores.
Sin palabras, o quizás muchas, pero no las apropiadas.
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