domingo, 3 de julio de 2011

Caminando por la Playa

Se desprenden olores a papas criollas y a churritos con azúcar al lado de la Soma, cae la noche sobre Medellín y las luces de la ciudad se encienden para iluminar las pilas de cabecitas que caminan por La Playa y la Oriental.

Junto a la  Casa de los Barrientos hay un pequeño puesto en el que se exhíben chicles, confites y paquetes de papitas.


Explota el comercio en cada rincón de la calle, vendedores ambulantes siguen mostrando sus productos, pasan rostros cansados por largas jornadas de trabajo y otros maltratados por la vida, por el hambre... la miseria.

En el Palo con la Playa una mujer robusta lleva una carreta con una pirámide de brillantes mandarinas.

En medio de los pitos, los frenos de los carros y el murmullo de la gente, el viento hace bailar las hojas de los árboles que también tienen su música para regalarle a esta noche.

Continúa La Playa camino arriba con sus negocios. Se venden helados de maquinita con chocolate, choco-crispis, maní y bolitas de colores, ensaladas de frutas, postres y pasteles, y afuera, sobre las calles, se tienden telas de colores donde reposan aretes, manillas, collares y anillos hechos por artesanos.

Con los años los sonidos cambiaron y ya no es la quebrada Santa Helena la que deja su música en el aire, ya no hay enredaderas ni niños bañándose en el río, ya no están las casas enormes de antes, sólo queda la de los Barrientos que, aunque no fue la más bella de su época, hoy se roba los elogios y el asombro de muchos que crecimos bajo estos tiempos donde las casas y los apartamentos son como cajitas de fósforos.


Su nombre "La Playa" fue lo único que quedó de aquella época donde las familias adineradas crecieron jugando con el agua cristalina de la quebrada, con las plantas, las flores y los arbustos que nacían en la humedad.

Ahora la quebrada Santa Helena lleva su cauce silencioso bajo la calle pavimentada que sepultó su antigua vida de protagonista.

Posando para la foto

Medellín, Plaza Botero.

Parado sobre una escultura de Botero está un pequeño niño que observa confundido a un fotógrafo del parque. Sus padres están detrás del fotógrafo haciéndole muecas que no logran provocar su risa. Pasan los segundos y la pareja decide exagerar las piruetas, pero el niño, que aparenta unos tres años, no sonríe.

Algunos curiosos se aglutinan para ver el cuadro, llegan cada vez más personas que intentan ver entre el tumulto lo que pasa y... ¡Oh sorpresa: están tomando una foto!

De pronto la escena pierde importancia y el tumulto se disuelve.

Sin embargo los padres siguen haciendo muecas al niño que se niega a sonreír.

El fotógrafo toma partido y empieza a alentar al niño:
-"¡Eso maravillosoooo! ¡ Sonríe pequeño! ¡Ohhhh sí esoooo! - dice con voz de locutor mostrando sus dientes podridos-.


El niño parece no entender lo que pasa entonces los padres deciden hacer parte de la foto.

El fotógrafo parece exaltado, se inclina, se mueve hacia la derecha, hacia la izquierda buscando el mejor ángulo y grita - ¡Esoooo excelente! manejando el volumen adecuado que comienza fuerte y se va desvaneciendo.
Parece todo un profesional, cada movimiento, cada gesto, cada palabra es perfecta.


miércoles, 15 de junio de 2011

¡La gente vale más!

Hacía calor ese día. Estaba en el carro de Marina, la mamá de Dani, mi gran amiga. Íbamos rumbo a mi casa.

Mientras Marina conducía yo miraba por la ventana deseando que el trancón se desvaneciera. La falta de viento comenzaba a ofuscarme.
De pronto escuchamos un estruendo en la puerta izquierda, asustada me asomé por la ventana y vi en el suelo a un señor moreno que se paró de golpe levantando su bibicleta.

El hombre nervioso miró a Marina y le dijo "Señora, no se preocupe, al carro no le pasó nada". Afortunadamente la respuesta de Marina fue la siguiente:"¡Lo importante no es el carro, es usted! ¿Está bien?"
El hombre asombrado parecía no entender la pregunta, al cabo de unos segundos su rostro de confusión le dio paso a una sonrisa y le respondió que estaba bien dándole las gracias.
En ese momento respiramos tranquilas, pronto el trancón se disolvió y llegué en pocos minutos a la casa.

domingo, 28 de noviembre de 2010

No son buenos estos tiempos para hacer bromas en la calle

Camiando por la Oriental sentí el sol de la tarde sobre mi cabeza. Vi muchas personas opacas, afanadas y sudorosas. Me sentí agotada.

Decidí mirar el pavimento para no chocar con la mirada de nadie.
Atravecé varias calles en silencio cuando de pronto vi un bulto a lo lejos sobre la acera. Fui acercándome poco a poco y descubrí que era un niño indigente estirado en un lugar muy transitado. La gente se corría por instinto para no tropezarse. Lo esquivaban como si se trata de una piedra.

Me asombró la escena y el calor dejó de importarme.
No podía dejar de mirarlo. Al darme cuenta que estaba inmóvil me horroricé al pensar que podía estar muerto.

Aún no estaba muy cerca de él.

De pronto el cuerpo del niño dio un salto y se paró de golpe. Grité y salté...Sentí cómo mi corazón se aceleraba. Las demás personas no se dieron cuenta de lo ocurrido. Los que estaban esquivándolo en ese momento, se corrieron un poco para no tropezar y continuaron su camino sin ninguna alteración.

Después del salto, el niño se rió a las carcajadas y chocó su mano con la de otro niño que observaba la escena detrás de un poste. En realidad creo que no alcanzaron a verme, pero tal vez sí escucharon mi grito.

Al paso de unos segundos mi corazón volvió a su ritmo habitual. Sin embargo, esa tarde, no pude dejar de pensar en ese momento. Yo, que estaba aún lejos del niño, pude asustarme, los que estaban cerca de él ni se inmutaron.

No son buenos estos tiempos para hacer bromas en la calle. La gente camina anestesiada, la rutina les hace llegar a los lugares indicados sin tener que abrir los ojos.
Hemos perdido la vista.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Tomates sobre el asfalto

Parada en la esquina de la Soma esperando el cambio de semáforo, vi a dos muchachos que atravesaban la Oriental con una bolsa grande y pesada. En mitad de la calle la bolsa se rompió y salieron volando decenas de tomates que rodaron como canicas rojas sobre el pavimento.

Los muchachos desesperados intentaban cogerlos, pero el semáforo cambió y los carros sin compasión pasaron sobre los tomates.


La gente gritaba, los hombres esquivaban los carros, los tomates explotaban.


Quise correr para ayudarlos, pero soy muy cobarde con los carros. Solo grité ¡Ayuden a los muchachos! Otras señoras se unieron al grito.


El tiempo pasaba y los carros aceleraban y aún los hombres trataban de escabullirse en medio de los carros.


En esta ciudad vale más el tiempo que la gente.




miércoles, 28 de abril de 2010

Una historia de bus

A las 11:30 de la mañana terminó la clase de Opinión Pública y salí del salón. Cuando se acercan los exámenes finales camino más rápido y sonrío menos. En la tienda de la 70 compré una avena y una chocolatina. La avena la compré por "nutritiva" y me sentí responsable, después recordé que no había desayunado.

Un hombre se acercó a la tienda. Lo miré de reojo y vi cómo le temblaba el cuerpo: se le movían los pies, las manos, la cabeza, caminaba extraño y hablaba duro.

Vea Reina aquí está la platica, ¿si ve que podía confiar en mí? -le dijo a la señora de la tienda entregándole unas monedas-.

Llegó el bus de Laureles. Eché mi desayuno al bolso y saqué el pasaje de la billetera. El señor que temblaba se montó después de mí, pero por encima de la registradora. Sufrí por él, pensé no iba a poder pasar sobre la registradora con el cuerpo temblándole así.

Mientras que los pasajeros lo miraban, él dijo en voz baja "Ay Dios mío", se echó la bendición y empezó a hablar duro.

Miren señores, yo trabajaba en el “ronpoy” de San Diego y vendía cosas para carros, vendía muchas cosas, de todo vendía yo ahí Dios mío bendito. Pero hace un mes y medio un carro se pasó un pare y me levantó y cómo les parece que el bandido aceleró y me dejó ahí tirado. Ese accidente me dejó un daño cerebral y yo con 33 años ya no puedo trabajar. De todas maneras yo soy el hombre de la casa y tengo que llevar algo, ustedes entienden. Si me pueden ayudar está muy bien, pero si no, no se preocupen, en otra ocasión será y que Dios los bendiga".

Mientras hablaba me di cuenta de que le faltaba el dedo gordo en la mano derecha. Miré por la ventana, respiré profundo y sentí los ojos aguados. Lo importante -pensé- es que lágrimas no salieron. Busqué la billetera y saqué varias monedas, se las entregué sin mirarlo a los ojos.

Su actitud era lo más impactante, sonreía con timidez, pero a pesar de la situación, no tenía la actitud del típico limosnero, que parece con lástima de sí mismo. El señor que estaba sentado a mi lado se echó la bendición, me miró y creo que me vio los ojos aguados. Una viejita que estaba en una de las sillas le estiró una libreta al hombre de la historia y él la recibió, la trató de leer, pero la mano le temblaba mucho. Aún así le dio las gracias. Ella puso cara de satisfacción.

En la Alpujarra el señor que estaba a mi lado se paró y se bajó del bus y el muchacho de la historia se sentó a mi lado. Pasaron muchas ideas por mi cabeza. Recordé las clases de Opinión Pública, pensé en la Agenda Setting y en el tipo de temas que son más importantes para los medios de comunicación del país:“Que Chávez dijo aquello, que Uribe respondió esto, que la guerra no se acaba ni con mimos, ni girasoles etc…” ¿Y dónde están las crónicas que nos muestren la historia que viven día a día cientos de colombianos sin empleo? ¿Dónde están las crónicas de los desplazados del país, el segundo del mundo con más desplazados? ¿Será que mi profesor de periodismo cuando yo le diga que quiero escribir una columna de opinión sobre lo que acabo de vivir en este bus, me diga que eso carece de actualidad, pertinencia e interés del público? ¿Entonces de qué tengo que hablar?...ah sí ya sé… del Bicentenario de la Independencia de Colombia porque aunque no parezca dizque que somos libres y tenemos que celebrar con bombos y platillos nuestra libertad. Valiente libertad en un país donde tantas personas dependen de la misericordia de otras para poder comer y pagar el arriendo.

Sin embargo el desempleo no es un problema para el gobierno, porque como lo decía un hombre en una conferencia que se dio sobre la pobreza en la universidad ya no me acuerdo cuando, muchos de los colombianos que no tienen empleos formales, tienen uno informal, así las cosas los hombres y mujeres que venden confites en los buses no son desempleados sino empresarios independientes.

Dejé mis pensamientos a un lado y miré la libreta que le entregó la viejita al hombre. Decía en letras grandes Iglesia Pentecostal y me dije "Pues sí, será rezar", pero el hombre, que pareció adivinar mis pensamientos, dijo en voz baja. Ay niña yo creo en Dios y todo eso, pero tampoco es que sea muy devoto. A las dos cuadras me bajé.

jueves, 1 de abril de 2010

¿Existe la comunicación?

La comunicación no existe... pensé . Ya no quería hablar más ¿Para qué? Tuve de repente la sensación de que todos en ese salón estábamos encerrados en esferas de cristal y desde allí tratábamos de interpretar los movimientos de la boca que hacían las otras personas. La situación fue peor cuando comprendí que las eferas de cristal no eran tan transparentes como deberían, por el contrario, tenían una textura extraña, como viscosa, por esto las bocas que se movían afuera se veían borrosas..... ¡Demonios! -pensé- No existe la comunicación y recordé de inmediato el nombre de la carrera que elegí: Comunicación Social. ¡Estoy perdida!
Y es que parecemos esferitas rodantes, no nos moja la lluvia, ni nos transforma el sol. Nacemos blancos y nos morimos blancos.
En ese instante el profesor hacía su monólogo en voz alta y no digo que eso sea triste, lo triste es que él pensara que estaba conversando, debatiendo, intercambiando pensamientos.
Comunicar es hacer común, recordé la definición que me dieron en el primer semestre, pero ¿Cómo se logra esto si no escuchamos, si las esferas que nos envuelven no nos dejan ver claramente a los otros?
La mayoría de las personas definen sus posiciones frente a diferetes aspectos de la vida en la etapa de los 20 ó 30 años, de ahí en adelante su discurso es siempre el mismo y sus esferas no sólo son viscosas, sino polarizadas, blindadas.