Mario llegó a mi casa a la una de la tarde y salimos hacia el Parque de Sabaneta en busca de un lugar para almorzar.
Cuando estábamos frente a la Alcaldía una viejita que sujetaba un poste de la luz estiró una de sus manos hacia Mario y le dijo que si la ayudaba a pasar la próxima calle.
Ambos nos miramos y dimos sin vacilar un giro de 180 grados.
En ese momento nos dijo que sólo veía sombras por su ojo izquierdo. Era sonriente y conversadora. Nos contó que estaba feliz porque acaba de salir de misa. Noté que hablaba con la satisfacción del deber cumplido.
“Mi hijo estaba preocupado porque no podía acompañarme, pero yo le dije que Dios era grande y que seguro encontraría personas dispuestas a ayudarme”.
Después del comentario puse la mano sobre su hombro y seguimos caminado hasta llegar a la esquina donde queda la discoteca San Diego. Allí paramos un momento y pasamos la calle.
-¿Aquí está la Panadería el Bizcocho?- preguntó.
-Sí - le respondimos.
-Bueno aquí ya me defiendo, sólo necesito llegar a la Secretaría de Educación y voltear en la esquina de Foto Vasco. Mi Dios les pague.
En ese momento la soltamos y nos quedamos inmóviles mirándola mientras se alejaba lentamente con las manos estiradas hacia adelante como los sonámbulos de las películas.
En segundos decidimos acompañarla hasta la casa.
Para llegar a la Secretaría de Educación tenía que pasar una calle más transitada que la anterior, entonces nos acercamos diciéndole que pasaríamos juntos la siguiente calle. Ella sonrió y me tomó de la mano.
Pronto llegamos a la esquina de Foto Vasco y ella insistió que siguiéramos nuestro camino, que ella vivía en esa cuadra.
Antes de separarnos quise preguntarle su nombre recreando en mi mente algunos nombres de abuelas que recordaba. Mi sorpresa fue tremenda pues en lugar de escuchar un nombre como Alodia, Griselda o Carmela, la viejita respondió:
-Susana, me llamo Susana.
Al instante brinqué como tocada por la electricidad y creo que el volumen de mi voz aumentó tanto que podría catalogarse como “inapropiado” en el espacio público.
- ¡Yo también me llamo Susana!
Después del alboroto y algunas risas de Mario, Susana nos contó que de niña había llorado mucho reclamándole inconforme a su mamá por el nombre que le había puesto y que ahora, conociendo la cantidad de niñas que se llamaban Susana, se sentía cada vez más orgullosa de la decisión de su madre.
Que buena narración ... Sin lugar a dudas eres un gran ser humano. Siénte orgullosa de ello
ResponderEliminar¡Gracias! Qué alegría que leas lo escribo. Me motiva mucho.
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