Faltan 15 minutos para las seis de la tarde. El bus de Laureles que pasa por la 70 está lleno de personas. Corro apresurada mientras buscó mil trescientos pesos para subirme, pero no caben más personas por la puerta delantera entonces me empino, estiro la mano con el billete y el conductor lo toma diciéndome que suba por la de atrás.
El semáforo está en verde, los carros de atrás pitan presionando al conductor del bus para que se mueva. Siento la presión sobre mí y corro sin pensarlo dos veces hacia la puerta trasera pero me encuentro frente a frente con una moto que frena en seco. El susto me hace inhalar con fuerza como un grito interior y después sonrío con nerviosismo mientras desde las ventanas del bus cantidades de ojos observan.
No tengo tiempo, no tienen tiempo, continuo mi camino acelerado y me doy cuenta que en la parte trasera sólo hay espacio para poner los pies. Utilizo el pequeño espacio buscando algo para sostenerme pero no encuentro nada al alcance y digo desesperada “¡No tengo de dónde tenerme!” Mientras varios cuerpos me estrujan entre ellos el de una secretaría de la Bolivariana. Alzo la mirada desde la escalera donde me encuentro y veo a un hombre que me dice “Niña aquí sí hay mucho de donde coger” y ríe con gesto depravado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario