El cielo se cubre de un negro infinito seguido por el viento nocturno, es entonces el frío quien crece con los minutos que sugiere el pequeño reloj de él. Le duelen los huesos, se estremece su piel, pero resiste como lo hizo en el invierno de noviembre.
Él quiere huir, conseguir un refugio, pero no tiene un céntimo en los bolsillos. Su rostro exhibe el polvo y el humo, por su frente corre un líquido rojo proveniente de un encuentro con enemigos de turno, sus ojos son reflejo del olvido. No tiene ningún ser en el mundo que se interese por él.
Pronto los recuerdos le consumen, esos momentos en que quiso vivir envuelven su mente, se ve el dolor en su rostro, en esos negros ojos que llenos de dolor y odio se convierten en espejos de ilusiones sin cuerpo y sin espíritu. Inexistentes.
Lo único que posee es un pequeño y sucio reloj, su económico precio es útil pues no seduce los mendigos, no es elemento de riesgo.
El ruido de los vehículos disminuye y viene un corto silencio que se interrumpe por el tenue sonido de su reloj y por los murmullos de gentes que, como él, duermen sobre los mugrosos cementos.
Mueren los minutos entre los gemidos del segundero, el tiempo es como un bloque indestructible, eterno… ¿Pero dónde lo veo? ¿Qué es el tiempo? ¿Bendición o infierno? ¿Un invento concebido y sólo concebible por el hombre? Surgen cuestiones que no puede entender, tiene intensos deseos de comprender el porqué de su existir en este mundo.
Le sorprende ver y sentir. Percibe cuerpos invisibles, oye voces de otros mundos. Intuye un fin, un principio, un sueño profundo.
No quiere vivir. Pero el instinto es el peor presidio pues tiene control sobre su cuerpo que se resiste, que es terco y miedoso, que prefiere sufrir intensos dolores que perecer.
El tiempo lento pero no inmóvil sigue su conteo.
Con el correr de los minutos crece el sueño pero no puede dormir pues es nuevo en este sitio, en este oscuro rincón que tomó sin conocer sus dueños, sus gentes, luego de tener que huir de su viejo refugio en el puente después de un encuentro violento con un grupo de tipos peligrosos.
Entonces decide poner todo su cuerpo sobre el cemento con los ojos fijos en el cielo y se pierde en lo inmenso y profundo de éste. Un suspiro lento y profundo lo sumerge en otros mundos. Por fin sonríe después de mucho tiempo.
Le sorprenden los luceros, esos pequeños huequitos de luz en ese sitio inmenso donde todo es negro. ¡Brillo y luz en ese enorme y oscuro sitio!-se dice-. Dos hombres le ven desde lejos, tienen los ojos fijos en él, pero esto ocurre en silencio. Tiempo después se cubren con periódicos del frío y le siguen viendo inquietos, pero sin intenciones de pleito.
¡Luz en el rincón!- se dice- ¡tengo luz en este oscuro rincón! y sonríe de nuevo. En el momento no siente frío, no siente el duro cemento sobre el que recostó su cuerpo. Se ríe, se mece sobre el suelo como un niño pequeño y con un último suspiro vuelve los ojos sobre el cielo. Siente un poder desconocido en su mente, ve un fuego invisible que derrite el inmenso telón negro y por fin esos “huequitos” de luz consumen su dolor, su débil cuerpo y su triste existir.
-¡Sobredosis! Dicen los dos hombres. -¿Quién recoge el tipo?
-Yo no. ¡Si no tiene dónde vivir, menos dónde morir! y sonríe.