jueves, 24 de septiembre de 2015

Menos juicio, más acción


Si te molesta la corrupción, la violencia, la codicia y la miseria, y te sientes decepcionado del mundo que ves; pregúntate de qué manera puedes hacerle un regalo de amor al mundo que te duele y necesita tu ayuda. Siembra sonrisas en las paradas de los buses, en tu trabajo, en la universidad… ¿A cuántas personas escuchaste esta semana? Si estás cansado de la mentira y la corrupción permite que la transparencia se exprese en tu mirada, en las conversaciones  y acciones que tienes. 

Si te hastía la violencia y la agresión empieza a reconocer el amor y la luz que habita en todas las personas y deja de percibir al otro como alguien diferente a ti. Así dejarás de juzgar y comenzarás a comprender que detrás de cada actitud deshonesta o hiriente se esconde una falta de amor que necesita ser sanada. Cuando alguien te insulte traduce sus palabras y comprende que solo te está mostrando su dolor. “Todo ataque es un llamado de auxilio”.

Si sabes en tu interior que la violencia no te hace feliz entonces no apoyes causas que la fomenten. No te embarques en discusiones de buenos y malos que solo alientan la polarización y la lucha. 

Si quieres la paz habla de paz, expresa paz, lleva paz a donde vayas. El proceso de firmar la paz en Colombia no es un proceso entre la guerrilla y el gobierno como los medios de comunicación nos hacen creer, es un proceso que todos los colombianos debemos vivir en nuestro interior. Nunca conoceremos la paz si creemos que son los otros (el afuera) quienes tienen el poder y la responsabilidad de elegirla. No cedas más tu poder y firma la paz con Colombia y contigo. La paz no florecerá afuera sino la siembras adentro.
 
Si estás cansado de políticos corruptos que solo roban pensando en sí mismos, atrévete a pensar qué puedes compartir con tu país. ¿A cuántas fundaciones apoyas? ¿A cuántas personas fuera de tu familia y de tu círculo de amigos ayudas? ¿El dinero que recibes es solo para ti o una parte de tu dinero la compartes con los que más necesitan? ¡Todavía tienes la oportunidad de elegir distinto!

Si tus políticos enseñan egoísmo, enseña tú altruismo. Si tus políticos enseñan soberbia enseña humildad, si tus políticos enseñan a discutir, despréndete de tu deseo de ganar una discusión cuando compartes una idea con alguien. Si los medios solo hablan de problemas sin solución para que seas un integrante más de las masas frustradas y resentidas, enseña responsabilidad y empoderamiento y asume que el cambio de tu vida está en tus manos, en tus  palabras, en tu forma de pensar… Deja de defenderte y empieza a amar. Cada vez que te defiendes estás apoyando la guerra.

Si sientes que la ambición y la codicia han enfermado la tierra, escucha tu corazón y recuerda que la felicidad no está definida por la suma de dinero que ganas con tu trabajo. ¿Cuánto vale un atardecer? ¿Una caricia? ¿Cuánto vale la sonrisa de un extraño? ¿La lluvia? ¿Abrazar un amigo? ¿Llorar? ¿Cuánto vale escuchar una canción? ¿Comerte un helado? ¿Preparar una cena? ¿Escuchar el silencio? ¿Bailar? ¿Gritar? ¿Cuántos miles de millones se necesitan para dormir, comer y vestirte? 

Parece fácil juzgar la ambición en el otro, pero qué difícil es reconocer que estás trabajando en un lugar que detestas solo por el dinero que te dan a cambio, qué difícil es mirar hacia adentro y reconocer que sientes que el éxito es directamente proporcional a la cifra de dinero que reposa en tu cuenta bancaria. Si quieres crear un nuevo mundo, empieza por transformar tu vida. No seas un esclavo más de la aprobación exterior.

No juzgues a tus políticos y en cambio agradéceles porque en su sed de dinero nos demostraron que la plata nunca será suficiente para satisfacernos. En el enriquecimiento grotesco de nuestros políticos y empresarios supimos que el dinero no llena a nadie porque el vacío de la humanidad no se llena con dinero, solo se llena con amor.







jueves, 13 de agosto de 2015

Juzgar es sufrir

Cada vez que JUZGAS estás creyendo en la SEPARACIÓN. Es decir, crees que existe alguien fuera de ti que es DIFERENTE. Cuando crees en la SEPARACIÓN ves la vida desde el EGO. La única VIDA que el EGO puede percibir es una COMPETENCIA. Cuando vives en una COMPETENCIA entras en un CAMPO DE BATALLA y en un CAMPO DE BATALLA todos son AGRESIVOS.

Cuando JUZGAS al corrupto, al ladrón, al asesino, al sistema, a tu familia, a tus compañeros de trabajo, tus amigos, tu país (Con tus pensamientos, palabras o acciones)… estás afianzando tu creencia en la SEPARACIÓN.

Ahora, NADIE ve el MISMO MUNDO. Quien ve el Mundo desde la RIQUEZA MATERIAL a donde vaya verá POBRES Y RICOS, quien ve el Mundo desde la BELLEZA CORPORAL a donde vaya verá BELLOS Y FEOS, quien ve el mundo desde la INTELIGENCIA a donde vaya verá INTELIGENTES e IGNORANTES. Y esto es porque TU CREENCIA CREA el mundo que ves.

Tu CREENCIA es como un FILTRO que solo te deja ver AFUERA aquello que CREES ADENTRO. Analiza cómo es tu mundo y podrás saber cuáles son tus creencias.

Lo que ves AFUERA, por lo tanto, es un ESPEJO que refleja tus CREENCIAS. Así, cuando veas una persona que te irrita evita quejarte y pregúntate qué parte de ti está reflejando esa persona. La naturaleza del EGO es EVASIVA. Proyecta sobre  el OTRO aquello que no quiere reconocer en SÍ MISMO.

Cuando dejas de JUZGAR empiezas a hacerte RESPONSABLE. Esto quiere decir que DEJAS DE IDENTIFICARTE CON EL EGO puesto que el EGO es totalmente IRRESPONSABLE.

Cuando te haces Responsable NO TE CULPAS, NI TE CASTIGAS. Aquel que se VICTIMIZA está EVADIENDO SU RESPONSABILIDAD para DESPERTAR COMPASIÓN EN EL AFUERA.

Quien se hace RESPONSABLE se perdona Y ELIGE DIFERENTE EN EL AHORA agradeciendo por la EXPERIENCIA que le llevó a tomar una DECISIÓN NUEVA.

Quien deja de JUZGAR deja de IDENTIFICARSE CON LA MATERIA, pues sabe que el Mundo de la FORMA es TRANSITORIO. Para el EGO la FORMA confirma su creencia en la SEPARACIÓN Y EN LAS DIFERENCIAS pues existen blancos y negros, niños y ancianos, gordos y flacos. Para la CONSCIENCIA SUPERIOR  LA FORMA NO ES MÁS QUE UNA MANIFESTACIÓN DE LA ENERGÍA.

Cuando sabes que TODO ES ENERGÍA, NO CREES EN LA SEPARACIÓN. Cuando no crees en LA SEPARACIÓN no crees en la existencia de alguien DIFERENTE a ti. Cuando no hay alguien diferente a ti crees en LA IGUALDAD. Cuando crees en la IGUALDAD sabes que los pensamientos, palabras y acciones en contra de los otros son pensamiento, palabras y acciones contra ti mismo. Cuando reconoces esto CREES EN LA UNIDAD y cuando CREES en la UNIDAD  CONOCES LA PAZ Y LA DICHA.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Todos los sonidos están dentro del silencio


Abro los ojos y escucho el silencio que vibra en la mesa, en el nochero, en la ventana… Una quietud se mueve entre libros y  paredes.

Llueve en Buenos Aires.

Camino despacio respetando el silencio. Me muevo lento como si un niño durmiera en mi pieza.

Afuera el viento corre entre calles frías y húmedas. Los autos se mueven, se detienen, pitan, aceleran. Un ladrido llega como un eco, el sonido metálico y agudo de un martillo dibuja en mi cabeza el edificio que crece sobre Independencia y hay hojas de los árboles que chocan por el viento y cantan como el mar cuando se balancean. Hay hojas secas que caen al suelo y crujen bajo zapatos de niños y turistas. El eco de una ambulancia se acerca estridente cubriendo los demás sonidos y de pronto mi pieza es grito y vidrios que tiemblan, pero pronto la estridencia es solo un eco, un sonido que huye hacia otras calles despiertas. Vuelve el silencio y con él el sonido del martillo, del perro, del auto, del árbol… Sonidos cotidianos que jamás escucho.

Esta canción sin partitura sigue tocándose mientras presiento una vibración que emana de todas las cosas. Una energía que las envuelve.

En esta quietud de mi alma el silencio es una nota de matices infinitos. Todas las historias ocurriendo en este instante.

Detrás del canto del pájaro, del martillo, del árbol hay un sonido permanente que no vacila ni se detiene. Una vibración que sostiene todos los sonidos.

Y vuelve otra vez el ruido de la ambulancia temblando en mi cabeza. Empieza y termina un ciclo. Comienza otro movimiento. Me pregunto si la vida será una partitura, una canción que solo escucho cuando estoy atenta.

Llueve en Buenos Aires.

Llueve en mí.    
                                                                   
Sinfonía de silencios abrazando mis oídos.




domingo, 12 de abril de 2015

Miedo en los balcones




Boedo, este es el barrio donde vivo ahora. Ubicado en la zona céntrica de Buenos de Aires. Llegué el 12 de diciembre preparada para vivir fuera de Colombia.


La casa donde vivo tiene un balcón grande. Por las tardes me gusta sentarme afuera para ver el atardecer mientras escucho música o me quedo en silencio. Justo al frente hay una casa café oscura de dos pisos. El primer día noté que tenía luces navideñas, un detalle extraño pues adornar las fachadas no es una costumbre extendida en Buenos Aires. No llegan ni a diez el número de casas iluminadas que vi en diciembre.

Con el paso de los días la casa vecina empezó a inquietarme. El prenderse y el apagarse de las luces fue el único movimiento que observé por días. ¿Y dónde está la gente? Fui al balcón en las mañanas, en las tardes y en las noches con la esperanza de ver un movimiento distinto, pero el titilar automático de las luces era el único acontecimiento importante en la dinámica del hogar. Estarán de viaje, supuse.

La casa es hermosa. Con ventanas y puertas de madera. Un garaje y un antejardín. Las ventanas son grandes pero siempre están cerradas. Las puertas son grandes, pero siempre están cerradas. Parece una casa sellada. Una fortaleza.



Un día, sentada en el balcón mientras leía, presencié el primer movimiento humano en la casa. Se abrió la puerta del garaje y vi la trompa de un carro asomarse. Después se abrió la reja siguiente que separa el antejardín familiar de la calle. El carro salió, las puertas se cerraron tras de sí y en segundos el carro llegó al semáforo de la esquina. No pude ver la cara de nadie.

Las luces del alumbrado se prenden y se apagan, se prenden y se apagan. Pero la navidad no está en las luces automáticas, está en la gente. La pobre casa parece detenida en el tiempo. Ajena al mundo que la rodea. Y pensé en las historias que se escriben detrás de las ventanas, historias ocultas a la luz del día, historias de luz eléctrica y de aire acondicionado, de puertas majestuosas y siempre cerradas. Historias con escudo.

Y comencé a mirar con detalle las otras casas y las otras puertas, los balcones y las ventanas. ¡Cuántos balcones hay en Buenos Aires! ¡Cuántas puertas hechas para gigantes! Cada puerta es una obra de arte, una escultura con rostros tallados. Esta ciudad tiene pasado. Casas que parecen reliquias. Patrimonios históricos donde vive la gente.



¿Y qué pasa en los balcones? Desde hace dos meses no he visto a nadie de la cuadra en una ventana o mirando la ciudad desde los balcones. Soy la única extraña que mira los árboles mecerse con el viento. ¡Sí, hay viento a pesar de los pronósticos! El primer verano argentino me recibió dócil como si quisiera consentirme, atraparme en esta ciudad, hogar de la memoria. Y seguiré en Buenos Aires con la ciudad de la eterna primavera en mi sonrisa, porque Medellín no son las calles, ni el metro, ni los buses de colores, Medellín es una manera de vivir, de mirar a la gente.


Veo las fachadas de las casas y de los apartamentos en Buenos Aires. Las rejas fueron creciendo en los balcones. Si estás en un balcón así no podrías estirar la mano hacia la calle para mojarte cuando llueve. Es como meterse en una jaula que vos mismo has construido. Y si mirás el edificio completo, verás que cada balcón es como una celda seguida de otra y de otra y de otra.




Y hay jaulas pequeñas para los pájaros dentro de estos balcones. La primera vez que vi uno así no pude más que reírme. Los pájaros encerrados por obligación; las personas por miedo. No sirven las rejas, las puertas ni los candados para ahuyentar el miedo, éste se cuela por las rendijas más pequeñas, en las voces del teléfono, de la radio, en la mirada paranoica del vecino, en la historia de un hermano al que robaron, en el recuerdo siempre latente del día en que te quitaron algo que era tuyo, solo tuyo.

Y entonces los delincuentes caminan libres por las calles mientras que vos estás en tu casa, en tu pequeña fortaleza, protegido detrás de las rejas sintiéndote glorioso. Solo algunos días sentís que sos vos quien está encerrado y no ellos y te persigue la idea de que tu apartamento se parece más a una cárcel y que tus vecinos, cuando los mirás asomándote desde la rejilla, parecen prisioneros que duermen en pisos distintos al tuyo.

También hay plantas en los balcones. Muchas plantas. Una matera tras otra, pequeñas porciones de tierra cuidando enredaderas que escalan las paredes como alpinistas. Plantas que cruzan campantes las rejas de los balcones y se meten en las casas de los vecinos. Y entonces se cubren las rejas metálicas de hojas verdes, esas rejas que construiste para poner tus límites, para que nadie vulnere los centímetros de aire que te pertenecen.

Extraño comportamiento tienen las plantas que regás todos los días y que cierta semana se extendieron irreverentes hacia los costados burlándose de tus límites.

¡Es tan hermoso Buenos Aires! ¡Poesía para mis ojos!




Esto lo pienso mientras viene Daniel, el dueño de la casa y me mira sentada en el balcón con el celular en la mano y… “Tené cuidado Susi cuando estés en el balcón, capaz que te ve alguien y busca la manera de subirse para apurarte tus cosas. Nunca ha pasado. Pero puede pasar. No sé cómo será en tu país, pero aquí…”y mueve la cara de un lado para otro con las cejas empinadas…

En segundos estoy en Colombia recordando el día en que intentaron robarme el celular con un cuchillo. Y veo la cara del tipo metida en mis recuerdos persiguiéndome por días, arrebatándome el sueño, la bendita inocencia de mirar a la gente sin pensar que quieren hacerme algo malo.

Supe con el tiempo que el hombre no se había robado el celular, pero sí le permití que se llevara algo más importante. La tranquilidad de caminar por la calle sin sentirme la escolta de mis cosas. En últimas, las cosas son para disfrutarlas, no para ser esclavo de ellas.


Es una cárcel el miedo, imán que atrae y materializa temores. Creador de realidades construidas con recuerdos. Quien más se protege, más vulnerable se siente porque el verdadero peligro nunca está afuera. La amenaza que tanto aterra es un antiguo inquilino despertándose al interior de la jaula.


lunes, 30 de marzo de 2015

El Bururú Barará


A las 8 de la noche ya no hay mesas disponibles en el Bururú Barará. Sobre la acera un hombre se mueve como si el ritmo de la salsa lo electrizara. Camina hacia la calle y se detiene en la mitad. Sacude los hombros y los pies respondiendo a la percusión de la charanga que suena desde los bafles del Bururú. ”Ritmo sabroso te invita a bailar/ritmo sabroso te invita a gozar…”  el coro de la canción de Ray Barreto vibra entre la calle de casas antiguas cercanas al Parque Bolívar.

Lo mirás. Lo volvés a mirar. Después buscás una mesa para sentarte. Sobre el techo hay discos  de acetato pequeños y grandes. Entre ellos hay una bola de espejos, la célebre bola disco diciéndote que  el espíritu del Bururú es la fiesta.

Desde la barra, Alberto Herrera pone la música, solo música de LP. Él y sus clientes, muchos de ellos rigurosos coleccionistas y audiófilos, sostienen que la calidad de la música del LP es superior a los sonidos digitales por la fidelidad que tienen las grabaciones en formato análogo. Aquí el código binario no seduce a la gente y es entre discos de vinilo y sin computadores donde nace la fiesta. El scratch, ese sonido de la aguja tocando el disco que rueda sobre el tornamesa, le da un sabor especial a cada tema.

Oídos entrenados, románticos, eruditos. Aquí escuchar es un arte.
El sonido de las trompetas y el repiqueteo  metálico de los timbales no conocen fronteras y se elevan hasta tocar los ladrillos de la Catedral  Metropolitana. Afuera los almacenes de artículos litúrgicos ya están cerrados y desde las vitrinas las vírgenes de porcelana observan a la Medellín nocturna que apenas se despierta.





La música


Temas de la Sonora Matancera, Celia Cruz,  Panchito Riset y Buena Vista Social Club se mezclan con canciones de Tito Rodríguez, Beny Moré y Eddie Palmieri. Son, guaracha, mambo, porros, boleros, chachachá y guaguancó, una familia de géneros cubanos, afrocaribeños y neoyorkinos que se abrazan bajo la palabra salsa sonarán hasta las 3 de la mañana sin interrupciones.

Con una colección que supera los seis mil discos, Alberto Herrera, consiente a su público con las canciones que más disfrutan sin abandonar la meta que asumió años atrás: compartir temas  desconocidos de bandas virtuosas que renueven el repertorio de su local y amplíen los gustos musicales de clientes y amigos.

En esta discoteca especializada en música popular cubana, ruedan sobre el tocadiscos las mejores orquestas de la música antillana de los años 50, 60 y 70. Pero también se escuchan, especialmente los fines de semana, orquestas salseras desde los años 80 en adelante.
El sabor y la musicalidad del sitio empieza desde su nombre “Bururú Barará”, título de un famoso son cubano compuesto por el compositor, bajista y director Ignacio Piñeiro.
“Bururú Barará ¿Cómo está Miguel?” Alberto Herrera tararea el estribillo de la canción trayendo con su canturreo la sonoridad de las leguas africanas que le dieron origen a esta expresión sabrosa.



Los bailadores


Junto a la barra un hombre baila solo y sonríe. Lleva un morral negro y pequeño sobre la espalda. Termina la jornada laboral y emprende su camino hasta el Bururú. Ocho horas de trabajo no le impiden bailar toda la noche con el morral a cuestas.

El hombre que estaba en la calle se desliza por el concreto hasta llegar a la barra. Entra y saluda con las cejas y un rápido temblor de hombros al amigo del morral. Sobran las palabras: su lenguaje es el movimiento.

“Hay gente que viene acá cada 8 días, viernes y sábado. Ya los extraña uno si no vienen” así es la  fidelidad de los clientes que tiene Herrera. Entre los visitantes hay muchos que traen maracas, bongós, campanas y timbales para mejorar la rumba.  Cuando los instrumentos siguen el ritmo de las canciones la emoción de los bailadores se vuelve efervescente. Mejoran las piruetas e incrementa la alegría colectiva.

“Yo me pongo celoso mamá, cuando tú bailas con otro” repite la canción de la Típica 73. De principio a fin la letra dice lo mismo y es que los instrumentos son los protagonistas. Hay trompetas que gritan quejumbrosas, bongós enfurecidos, timbales repicando hasta sazonarte la rabia. Las melodías hablan y los cuerpos de los bailadores les responden.

Antes de las 12 de la noche las luces se encienden y los hombres que bailan solos hacen su espectáculo. El movimiento impredecible de sus cuerpos parece representar una arriesgada caminata por la selva. Brincan repentinamente como esquivando un precipicio, pisotean rápido y con fuerza como si caminaran sobre hormigas, extienden los brazos hacia los lados como  atravesando un abismo parados sobre una cuerda. Mirarlos es asistir a una película de comedia donde el protagonista libra obstáculos con movimientos juguetones y  sonrisas. En sus estilos de baile se esconde el origen de la salsa, ritmos nacidos en medio de la pobreza que ríen las tristezas en lugar de llorarlas.

Una mujer cercana a los 50 años se mueve sobre sus tacones de 6 centímetros. Su vestido ajustado enseña una cintura que se mueve con destreza. El cabello corto de estilo moderno realza su cuello que permanece erguido con elegancia. Sus movimientos son finos, precisos, no desperdician energía. La mujer administra el  movimiento de los  hombros como aquel que añade pimienta a un plato. El secreto está en agregar la justa medida.

Desde la acera un hombre de boina beige y zapatillas blancas observa a los bailadores y les regala sonrisas que llevan en su brillo todo el aire tropical cubano. A su lado un hombre alto y moreno lo acompaña con una sonrisa pícara y fiestera. Caminan entre la gente como si llevaran el sol adentro. Sonríen y sus sonrisas abrazan. Hasta los movimientos más ligeros de sus hombros y rodillas demuestran que el sabor vive en sus cuerpos.

En el pasillo bailan las parejas. Todos llevan el ritmo, pero nadie baila igual. Cada cuerpo se expresa con un sabor auténtico. Se cocina la fiesta del Bururú entre sabores elegantes y explosivos; sabores juguetones e histéricos; sabores seductores y alegres.

Y ves a mujeres en tenis y en tacones, en vestidos y en bluyines, de 20 y de 60. A hombres con cachuchas y boinas, camisas a cuadros y guayaberas estampadas; zapatillas blancas y tenis. Múltiples estilos y personajes unidos por dos pasiones: la salsa y el baile




La ciudad desde el Bururú


Cae la noche sobre Medellín y los vendedores ambulantes atraviesan el Parque Bolívar. Frente al Bururú Barará, ubicado una cuadra debajo de la Catedral Metropolitana, desfilan desde las 6 de la tarde vendedores de raspado y de crispetas que terminan la jornada. Entre sonidos de trompetas y  timbales se cuelan chirridos de carritos tinteros y carretas de madera. Pasan recicladores, trabajadores que caminan hacia el metro y venteros ambulantes que dejan sus carritos en casas y parqueaderos donde pagan alquiler.

Una Medellín se acuesta y otra se despierta. Desde la barra ves cómo la ciudad va cambiando de traje.

Desde las 5 de la tarde las puertas metálicas y corredizas del Bururú se abren como párpados. Y desfilarán por las calles mujeres de curvas estrambóticas dominando tacones de 15 centímetros. Senos enormes y faldas diminutas actuarán como imanes de miradas. Comienza la noche y se dispara el trabajo de travestis que esperan a sus clientes en un local llamado “La Raza”.

Frente al Bururú se elevan  olores a perros y hamburguesas que salen de una caseta ambulante. Justo al lado, el Papa Juan Pablo II, grabado en el aviso de un local religioso, clava su mirada sobre  rumberos,  borrachos, travestis y recicladores.


Alberto Herrera




Un cazador de sonidos, un romántico del acetato, terco defensor de la alegría y la pachanga,  un erudito musical, un publicista de canciones. Este es Alberto Herrera, el papá del Bururú.
“Yo a los 6 años en vez de comprar un juguete compré un disco” no había mudado los dientes de leche cuando inició su camino como coleccionista. Ahora, esta antigua pasión lo obligó a comprar tres estanterías para ubicar en ellas decenas de discos que  estaban apoderándose de su casa: discos en las alcobas, en los nocheros, en las mesas  y hasta en la cocina.

En su niñez, caminado por el centro de Medellín para ir a la escuela, Alberto escuchó por primera vez canciones de la Sonora Matancera, El Conde Rodríguez y Eddie Palmieri; y otras calles con otros bares le mostraron la Medellín tanguera que no logró seducirlo. “Es que la salsa es alegría, en cambio el tango es un drama” se ríe y demuestra con esa sonrisa que su amor por la salsa fue firme desde el principio.  

En su juventud trabajó como DJ en una discoteca sobre Palacé, entre Amador y Maturino, sector donde funcionaron más de una decena de discotecas especializadas en salsa. Más adelante  administró una discoteca salsera llamada La Fuerza  y desde hace 19 años dedica su vida al Bururú Barará que aunque ha cambiado de local en varias oportunidades, desde su nacimiento ha  funcionado en La Candelaria y ha conservado su clientela pese a los cambios de sectores.

Desde el nombre llamativo del local hasta los LP que ruedan sin parar sobre el tocadiscos, esta viejoteca marca la diferencia con otros lugares salseros de la ciudad, sin embargo cuando le preguntás a Alberto Herrera qué es lo más auténtico del Bururú responde sin vacilar que es la gente.  

Y es precisamente la gente la que ha convertido un local de 18 metros cuadrados en la mejor pista de baile. Se baila entre las mesas, en el pasillo, frente a la barra y hasta en la acera. Y si el Bururú se muda de casa la gente también. El Bururú Barará es como una patria de personas que sin conocerse se sonríen. La salsa es la madre que todos comparten y que los hace miembros de una misma familia. Cada ocho días compañeros del trabajo, amigos y parejas se reúnen para compartir la magia de la fiesta salsera donde los problemas se bailan y el cansancio se olvida.


Bururú Barará



Me pongo celoso



miércoles, 13 de agosto de 2014

El metro, la última opción en mi lista

Desde hace varios años descubrí que el metro no desplazaría mi amor por los buses y no porque adore ver las calles de la ciudad desde una ventana y sentir el viento en mi cabello cuando viajo, sino por el número de vergüenzas que he pasado gracias a la Cultura Metro.

El primer sinsabor lo tuve hace varios años. Recuerdo que pagué el tiquete y caminé hacia la plataforma con la esperanza de encontrar una banca disponible, pero las cinco bancas que había estaban ocupadas.

¿Entonces que hice? Me recosté contra la pared y me deslicé hasta llegar al piso. No había terminado de cruzar las piernas cuando un policía comenzó a señalarme y a decir por el micrófono que estaba prohibido sentarse en el suelo para esperar el metro.

Mientras que él hablaba noté que la gente me miraba, unos con risa y otros con desaprobación. Así que me paré como un resorte.  ¡Actué mal!–me regañé mentalmente-.

En otra ocasión tuve la desgracia de sentir sed dentro del metro y para colmo tenía una botella de agua en la maleta. ¿Será que la saco y  me tomo rápido unos tragos? La tentación no fue más fuerte que la lección aprendida, así que esperé 30 minutos de viaje hasta Itagüí para calmar la sed. ¡Cuánto añoré el bus de Sabaneta!

Que no hable fuerte, que no tararee canciones, que cuide el volumen de la risa, que no se siente en el suelo, que no espere a nadie sentado en las bancas… La verdad es que he disfrutado muchas de las normas en el metro, entre ellas, aquella que dice “Despeje el área de las puertas: permita la salida y el ingreso de los demás usuarios”. –Frase que refresca al recordar los infortunios que tiene que pasar un bogotano para entrar o salir del Transmilenio. Pero también he padecido otras normas como aguantar el cansancio, la sed y el hambre sin entender muy bien de qué manera afecto la paz del otro cuando me tomo un trago de agua o cuando me siento en el piso para aliviar el dolor de espalda o de pies.

Curiosamente hay otras acciones que se repiten día tras día y con las que no parece existir problema. Permitir que los usuarios que esperan en las plataformas se embutan (no encuentro otra palabra más acertada) en vagones que ya vienen repletos de gente. No sé si será una preferencia extraña, pero afecta más mi paz sentir un par de codos incrustados en brazos y costillas que ver a una persona que toma agua o se come un par de chitos mientras viaja.

Y no es que quiera ver el metro lleno de basura, al contrario, es agradable la limpieza, pero si el trabajo educativo del metro ha demostrado ser tan exitoso. ¿No será posible sensibilizar a la gente para que bote la basura dentro de recipientes destinados para esto?

Escribir estas líneas es una osadía. He tenido la sensación de que meterse con el metro de Medellín es como mentarle la madre a alguien quizá porque éste se ha convertido en el ícono de desarrollo de la ciudad. La Medellín competitiva, innovadora que siempre va un paso adelante. Nada genera más pasiones que meterse con la vanidoteca de una ciudad como la nuestra.

Sin embargo he decidido soltarme y compartir una parte de mi experiencia aunque después venga la lluvia de tomates.

Con todo lo que he dicho, no estoy desconociendo el papel que juega el metro en la configuración de la ciudad, de hecho, gracias a él he podido conectar y conocer lugares que antes parecían aislados en mi mente. El papel del metro cable y de las rutas integradas mejoran la vida de las personas que ahora se demoran menos llegando a sus destinos sin gastar mucho dinero. Además  valoro  su sistema eléctrico compatible con el cuidado del ambiente.

Mis inquietudes no tienen que ver con el servicio que presta el metro, sino con algunas de sus políticas que en aras de perpetuar el orden dejan de lado las condiciones y contextos en los que los ciudadanos utilizamos este transporte.

Quizá parezca exagerado, pero cuando entro al metro no puedo evitar sentir que cada acción que realizo es supervisada y clasificada meticulosamente como correcta  o incorrecta. Me parece gracioso recordar algo que viví hace días, cuando -sentada en uno de los vagones- decidí sacar un confite del bolso para comérmelo. Cuando lo tenía entre las manos, a la vista de los pasajeros que iban de pie, sentí temor de que alguien me llamara la atención. Entonces abrí el confite con rapidez, guardé el papelito en un bolsillo y saboreé por menos de dos minutos la amargura de la culpa.

No son pocas las veces que me he sentido como una delincuente por temas como éste, sin embargo, con lo que digo, no estoy  sugiriendo que se supriman las normas de comportamiento; soy consciente de que para convivir hay que llegar a acuerdos donde el respeto medie en la relación con los otros. Pero la idea no es llevar las normas a tal grado de arbitrariedad que el comerse un confite en un transporte público parezca un acto de rebeldía que atenta contra el bienestar colectivo.

Ya sé que los ciudadanos son libres de elegir los medios de transporte que más les guste. Por esto seguiré prefiriendo a los buses siempre que no tenga que tomar tres de éstos para llegar a mi destino pues es indudable que las posibilidades que da el metro no las ofrece ningún medio de transporte público. Así que, cuando no exista una opción más útil que el metro, será bueno tener presentes las siguientes claridades:

·       El metro no es un punto de encuentro, sino de desencuentro. Si quiere reunirse con un amigo, procure esperarlo fuera de la estación: en las bancas de la plataforma no es permitido esperar a nadie y en la zona de espera, donde están los torniquetes, no hay bancas para sentarse. Si tiene problemas para esperar de pie y sin recostarse a los muros, salga de la estación antes de que lo saquen.

·      Los usuarios ideales para el metro son las personas que no sueltan carcajadas, no les da hambre, no tosen, no se cansan y aman el silencio … Evite caer en comportamientos incultos y excesivos.








viernes, 4 de julio de 2014

Medellín en la 70

El cielo pasa del azul claro al oscuro. Sentada en una acera, en la entrada de la Bolivariana, alzo la mirada y comprendo que caminaremos bajo la transición, bajo una explosión de colores que se desvanecerán sin resistencia hasta llegar al negro. ¿Brillarán las estrellas sobre Medellín? ¿Quiénes alzarán sus cabezas para contemplarlas?

Tomo apuntes en mi libreta siguiendo las ideas de Luz Marina, una compañera que me cuenta cuáles son los objetivos del recorrido. Habla rápido y en voz baja mientras el profesor da otras indicaciones diferentes a las que dio en la clase pasada a la que no pude asistir. Con las últimas palabras del profesor me paro y paso la calle. Doy unos pasos al lado de Juanda y después nos separamos. 

“Bueno, debo encontrar un tema, el enfoque” y miro la película que se proyecta antes mis ojos fiscalizando mensajes publicitarios, caras tristes y cansadas, cervezas y buses, lluvia y sudor. El primer mensaje me lo da una bomba de gasolina que me dice “Maneje con confianza”. ¡No conoce la publicidad mi experiencia con la conducción!

Y entonces veo mi carro en Sabaneta, siempre estacionado y viendo las horas pasar en la oscuridad de su parqueadero. ¿Qué pensará de mí cuando prefiero a los buses por encima de él? ¿Qué diría el publicista de la bomba si le cuento que abandoné la conducción porque jamás pude sentirme segura, en confianza? ¿Qué cara haría si le cuento que la ciudad se me llenó de miedo tras volante, que el tiempo parecía el peor verdugo de las personas con carro? Cuánto detesté esa ciudad de la rapidez sin sentido y de la amable exclamación que recibí aquel día cuando se me apagó el carro en una loma: “¡Esta hijueputa tenía que ser mujer!”. ¡Cuánto me hirió esa ciudad que después de un choque se preguntó primero por los daños del carro y después por las personas! Medellín con corazón de lata.

Apunto la frase de la bomba en una libreta sintiendo que alguien me observa. Dejo la frase a medias y veo a una mujer joven de expresión cansada que me mira sosteniendo una caja de confites. Busco dinero en el bolsillo pequeño de mi maleta y encuentro un billete de cinco mil que pongo a su alcance. Ella me da los confites y me entrega cuatro billetes de mil que juntos parecen conformar una bola de papeles arrugados por un escritor furioso. Me pregunto si no hay un mensaje implícito en esta devuelta, si el estado de los billetes fue algo intencionado, una burla de la mujer hacia mí. Con asombro le sonrío y trato de desenredar los billetes. Al comprender que la tarea no será fácil abro el bolso y suelto los billetes que caen como basura sobre la billetera.

Camino un poco aturdida sumergiéndome en la 70 de los bares, de las señoras elegantes que esconden los años con maquillaje y cirugías, en la 70 seductora que te invita con cada paso a hacer algo: “Oye bonita”, “Baila Conmigo”, “Déjame que te cuente”. Los letreros de los bares me hablan de tú, me invitan a entrar. Coquetean conmigo.

Los postes me dicen que me afilie a salud y pensión en letras mayúsculas como una advertencia menos seductora, pero más fatal y definitiva. Los postes de la luz son gritos de concreto. ¿Cuántos mensajes tendrán  para darme?

El azul del cielo se oscurece un poco más. Me pregunto cómo podré describir este tono, si existirá una palabra para separar este azul de otros cientos de azules. Allí debe entrar la poesía -me digo- para nombrar lo innombrable, para acercarnos a la esencia intangible de las cosas.

¿Y entonces cómo es este azul? como la caricia fría del viento cuando miras hacia el mar, como la sencillez de una flor que explota en mil colores desde el antejardín de una casa. ¿Alguien tendrá tiempo para mirar al cielo en esta ciudad de pitos y relojes?

Llego a un mall de comidas rápidas y decido sentarme. Anoto en mi libreta  las observaciones del recorrido y alzo la mirada segundos después para concentrarme en la gente. Pasa un hombre joven con un labrador cachorro que tira juguetonamente de la cadena con la boca, mira a su amo con alegría, reclama su libertad sin sufrimiento. Convierte a la cadena en un juego, en un instrumento para acercarse al corazón de su amo.

Después entra a la escena un hombre con una cabeza de toro. Los cachos embisten a las personas que caminan sobre la pasarela de concreto. Pero no hay tiempo para asustarse con pequeñeces, con la excentricidad de un vendedor ambulante. Ni la imagen más pintoresca puede combatir con el adormecimiento de una ciudad cansada de trabajar, trabajar y trabajar.

Se me acerca una señora que dice tener 84 años. Me implora que tenga compasión de ella. Entonces encuentro una moneda de 500 y se la doy. Esto es la compasión para ti Medellín, mi ciudad de miserias oscuras, de injusticias bajo tus cielos.

Pasa un señor con un robot estampado en la camisa. Todas las personas caminan ante mí como si se proyectara una película de mil protagonistas, casi todos sudan y clavan la mirada varios pasos adelante. Siempre van para adelante. El objetivo de su camino es el final. ¿Y quién mira hacia el cielo?

Pasa un señor con dos barras metálicas que golpea intencionalmente anunciando que vende encalambras a quinientos pesos, tal vez a mil. Quise preguntarle cuánto valía un corrientazo, pero me dio miedo que me diera una muestra gratuita sin habérsela pedido. ¡Tu vida mi ciudad, una relación amorosa con la muerte!

Cuatro policías caminan en manada y se quedan mirándome. ¿Seré sospechosa de algo? ¿Estaré maquinado un plan subversivo con mi libreta de apuntes? ¿Qué demonios es lo que miro? ¿Querré asaltar a alguien del cajero?

Percibo que la gente me mira con curiosidad. “¿Y ésta que hace ahí sola? ¿Qué anotará? ¿Qué tenemos nosotros de raro?”. Los cachos del toro no sacan a nadie de la rutina, pero la presencia observadora perturba, los actores de la obra miran hacia el público y recuerdan que están actuando.

Me paro. Camino hacia otro poste de la luz y leo un anuncio: “Mentalista y clarividente. Salud-Dinero-Amor. Atraemos a ser amado, en horas dominado a sus pies. Impotencia y frigidez. Experto en enfermedades desconocidas. Por la consulta reclame completamente gratis secreto numerológico del dólar y el perfume del amor. Teléfono 230 76 97”.

Trato de imaginar cómo es la oficina del mentalista. La imagino roja y llena de humo. ¿Qué historias se escribirán en ese lugar?

Miro un paradero de buses. Sobre la pantalla publicitaria, al lado derecho de la caseta, se mueven muchas burbujas hacia arriba como si miraras un vaso con gaseosa. Me siento efervescente. Maltis, dice arriba de la pantalla. Asombrosos los avances de la publicidad siempre arrancándote una mirada, dándote una sensación, invitándote a la compra. Me siento burbujita de gas que corre entre el agua para llegar a la cima, persigo mi aniquilación, la pérdida de mi identidad, el abrazo del aire que anula las fronteras de mi cuerpo de burbuja.

Y sigue la 70 con su música, con bares de reggaetón, salsa, vallenato y música de los años 60. Sigue la 70 con su cantidad de hoteles: El Mediterráneo, Gaudí, Lukas, Laureles 70. Siguen abiertas las droguerías, las  panaderías, los restaurantes, el Éxito.

Continúo el camino. Con cada paso estoy más cerca de la estación del metro. El andén se llena de artesanos: veo collares, aretes, plumas, bolsos y zapatos. Un señor hace figuras con un alambrito de metal. Tres jóvenes lo miran descubriendo la imagen que desarrolla con destreza: una flor con cuerpo de lata.

Llego a una esquina y me siento cansada. Pasaré la calle y desharé mis pasos hasta llegar a la universidad. ¿En cuál esquina estoy? En la esquina donde un señor me dijo ¡Niña, la estaba esperando! (Hablándome con la intención de venderme unos zapatos). Sí, esa es mi ciudad, una ciudad de historias sin nomenclatura.

Paso la calle y me pregunto por el tiempo. ¿Cuánto habrá pasado? ¿Llegaré tarde al punto de encuentro con mis compañeros? Dejo atrás las discotecas, camino más rápido sintiendo que en mi recorrido olvidé el conteo del segundero: uno, dos, tres, cuatro hasta llegar a 60. ¿Cuántos minutos han pasado?

Sobre la calle principal pasa un muchacho en patineta, llega a un punto de cruce entre cuatro vías como si estuviera parado en el centro del signo más. Pero el peligro no lo detiene y toma más impulso descargando su pie izquierdo con fuerza sobre la calle y volviendo a montarlo en la patineta. ¡Esto es tenerse confianza! –pienso- y los carros se detienen y los conductores pitan con rabia y el muchacho se ríe de ellos dejándolos atrás. El muchacho ganó varios segundos y los conductores los perdieron. Aman el tiempo, odian el tiempo. Sus corazones laten al ritmo del reloj. ¿Para dónde van? ¿Quién los espera? ¿Quién les hace sentir que la felicidad  está varias cuadras más allá?

Llueve. Me caen goteras en la cara. Miro a tres costeños que están sentados en un bar mirando dos hojas con gráficos y cifras. ¿Les irá bien en el negocio? Uno de ellos tiene el ceño arrugado y los otros lo miran en silencio. Sumas y restas de la tristeza.

Atravieso San Juan y veo en la esquina a un hombre sentado bajo un árbol. Una guitarra descansa sobre sus piernas. Espera. Mira el reloj. Los carros circulan. Él mira con esperanza a la gente que pasa, pero nadie lo mira a él. ¿Vendrá alguien a buscarlo? ¿Cantará hoy para un grupo de amigos? Imagino que lo recogen en una camioneta, él se monta con una sonrisa en la cara y llegan a una casa en Envigado. Allá se baja y afina la guitarra. Se lanza al vacío de compartirse con cuatro desconocidos. ¡Ojalá que no le pidan descuento por sus canciones! -me digo- creyéndome la historia y sintiendo que de mi propia imaginación surgen historias que toman independencia revelándose ante mí y ante mis deseos. 

Camino y camino cada vez más rápido. Sudo y la brisa me abraza, me cubre. Miro hacia el otro lado de la calle y una odontología me dice que Sonría.

Ahora estoy mirando La Tienda, un restaurante con decoración recargada y campesina. En la entrada hay un letrero que haría gritar a un profesor de español. Dice Vienbenidoz saltándose todas las reglas ortográficas. Si entras allí es porque vas a olvidar la rigidez de tu vida, del trabajo, de los horarios de oficina. Dos ejecutivos conversan en una de las mesas exteriores  y toman cerveza. Me miran con curiosidad y se detienen en mi libreta de apuntes. Intuyo en sus miradas que quieren invitarme a una cerveza entonces camino más rápido. No quiero que me arrebaten esta soledad, este viaje sin distancia hacia el silencio.

Me siento más adelante junto a un árbol. Reviso el celular y está temprano. Respiro profundo y me tranquilizo. No tengo afán.

Una mujer alta, esbelta, de facciones delicadas camina de un lado a otro hablando por celular. Tiene las piernas firmes y sensuales. Un dominio de los tacones que envidio. El cabello recogido me hace pensar en las azafatas. Esta mujer hace volar a los hombres: ella es el viaje y el destino. Entonces me concentro, le bajo el volumen a los pitos de los carros, al vallenato que resuena desde La Tienda y voy hacia esa voz dulce y femenina. ¿Qué dice? Las palabras se confunden, giran y giran como una hélice. Estoy mareada. Cuando quiero desistir, cuando me rindo ante el deseo de escucharla, la ciudad se detiene. Medellín se vuelve silencio y solo está ella que pronuncia las palabras mágicas: “Mueve tus influencias” así le dice a quien la escucha. Imagino que es un hombre porque utiliza un tono suave y agresivo, un silencio pícaro, una risa maliciosa.

Me paro y paso la calle. Me sentaré en una silla y veré la brisa caer. Sentiré su caricia fría y húmeda sobre la cara, sobre las manos, en la cabeza. Pasan pocas personas. Alzo la mirada y el negro ya se ha apoderado de la ciudad. Cae la noche sobre Medellín devorando todos los colores y las sombras. Me entrego a la muerte, a la oscuridad que nos abraza y tranquiliza. Hoy no hay estrellas.

Incrementa la lluvia. Miro hacia el teléfono público y veo al profesor escondiéndose de mí. Utiliza el teléfono como una armadura. Vibra mi celular anunciando que alguien me piensa lejos de este lugar o… ¿estará aquí?  ¿Mirándome?

Ya no resisto la lluvia ni la sed. Una vez más me paro y paso por el teléfono público, pero el profesor ha desaparecido. Se lo tragó la bocina. La visión me llegó de repente y lo vi allí parado frente al teléfono evaporándose, perdiendo su consistencia. Y de pronto su alma nadaba en una fuente de posibilidades, de relaciones virtuales, de muchas ilusiones.

Llegué a la esquina y me acerqué a una tienda. Algunas personas en las mesas tomaban café y comían pasteles. Me acerqué al mostrador y no había nadie. Esperé unos minutos y nadie apareció. ¡Cuántas cosas quieres venderme Medellín y ahora que quiero comprarte te has ido!  

Esta noche me mostraste tus destrezas de publicista. Tú no vendes tratamientos odontológicos, vendes sonrisas, tú no vendes gasolina, vendes confianza, tu gran cadena de súper mercados se llama Éxito porque el éxito para ti es una cuestión de compra y venta. Pero cuánto te quiero Medellín y tú lo sabes, porque todo lo que amo siempre me lo das gratuito.

Veo a Juanda en una pizzería con varios compañeros. Camino hacia ellos y me siento en la mesa. Pasan los minutos y llegan más personas de la clase. ¿Regresará el profesor de su sueño nocturno? ¿Se lo habrán robado las ilusiones, le habrán borrado el camino?... No, parece que allí viene y con una sonrisa. Durante la conversación que mantenemos con el grupo sobre el recorrido nos ha contado que le obsesionan los teléfonos públicos y que su relato de la 70 tuvo ese punto de partida.  Se preguntó por las historias que habían pasado por el teléfono, por lo que pasó, lo que no pasó, lo que podría pasar y lo que va a pasar ineludiblemente.

Aplaudí mucho cuando terminó su relato y segundos después me encontré pensando en el enfoque que tendría mi texto. ¿Cuándo lo escribiría? ¿Sería capaz de hacer algo decente? Bueno Susana, por un momento concéntrate - me dije- Párate ya, aguántate la sed y toma un bus que te deje en Sabaneta. Mira el cielo sin estrellas de la noche y deja que este frío te arrebate los deseos, deja que tus sueños se ahoguen bajo la lluvia, no insultes a la noche con tus sueños de aire. Entrégate a la magia de esta ciudad que tanto te quiere. Sumérgete en la fantasía de esta ciudad bajo el abismo, embriágate en la sordidez de sus miserias, nada entre los pitos de sus afanes, róbale una sonrisa al que te mira y no mires más hacia el suelo, no sudes más por hoy, regálale una mirada a ese cielo que nadie quiso mirar en esta noche.