miércoles, 20 de mayo de 2015

Todos los sonidos están dentro del silencio


Abro los ojos y escucho el silencio que vibra en la mesa, en el nochero, en la ventana… Una quietud se mueve entre libros y  paredes.

Llueve en Buenos Aires.

Camino despacio respetando el silencio. Me muevo lento como si un niño durmiera en mi pieza.

Afuera el viento corre entre calles frías y húmedas. Los autos se mueven, se detienen, pitan, aceleran. Un ladrido llega como un eco, el sonido metálico y agudo de un martillo dibuja en mi cabeza el edificio que crece sobre Independencia y hay hojas de los árboles que chocan por el viento y cantan como el mar cuando se balancean. Hay hojas secas que caen al suelo y crujen bajo zapatos de niños y turistas. El eco de una ambulancia se acerca estridente cubriendo los demás sonidos y de pronto mi pieza es grito y vidrios que tiemblan, pero pronto la estridencia es solo un eco, un sonido que huye hacia otras calles despiertas. Vuelve el silencio y con él el sonido del martillo, del perro, del auto, del árbol… Sonidos cotidianos que jamás escucho.

Esta canción sin partitura sigue tocándose mientras presiento una vibración que emana de todas las cosas. Una energía que las envuelve.

En esta quietud de mi alma el silencio es una nota de matices infinitos. Todas las historias ocurriendo en este instante.

Detrás del canto del pájaro, del martillo, del árbol hay un sonido permanente que no vacila ni se detiene. Una vibración que sostiene todos los sonidos.

Y vuelve otra vez el ruido de la ambulancia temblando en mi cabeza. Empieza y termina un ciclo. Comienza otro movimiento. Me pregunto si la vida será una partitura, una canción que solo escucho cuando estoy atenta.

Llueve en Buenos Aires.

Llueve en mí.    
                                                                   
Sinfonía de silencios abrazando mis oídos.