Abro los ojos y escucho el silencio que vibra en la mesa, en el nochero, en la ventana… Una quietud se mueve entre libros y paredes.
Llueve en Buenos
Aires.
Camino despacio
respetando el silencio. Me muevo lento como si un niño durmiera en mi pieza.
Afuera el viento
corre entre calles frías y húmedas. Los autos se mueven, se detienen, pitan,
aceleran. Un ladrido llega como un eco, el sonido metálico y agudo de un martillo
dibuja en mi cabeza el edificio que crece sobre Independencia y hay hojas de
los árboles que chocan por el viento y cantan como el mar cuando se balancean. Hay hojas secas que caen al suelo y crujen bajo zapatos de niños y turistas. El
eco de una ambulancia se acerca estridente cubriendo los demás
sonidos y de pronto mi pieza es grito y vidrios que tiemblan, pero pronto la estridencia es solo un eco, un sonido que huye hacia otras calles despiertas. Vuelve el silencio y con él el sonido del martillo, del
perro, del auto, del árbol… Sonidos cotidianos que jamás escucho.
Esta canción sin
partitura sigue tocándose mientras presiento una vibración que emana de todas las cosas. Una energía que las envuelve.
En esta quietud de mi
alma el silencio es una nota de matices infinitos. Todas las historias
ocurriendo en este instante.
Detrás del canto del
pájaro, del martillo, del árbol hay un sonido permanente que no vacila ni se
detiene. Una vibración que sostiene todos los sonidos.
Y vuelve otra vez el
ruido de la ambulancia temblando en mi cabeza. Empieza y termina un ciclo. Comienza otro movimiento. Me
pregunto si la vida será una partitura, una canción que solo escucho cuando
estoy atenta.
Llueve en Buenos
Aires.
Llueve
en mí.
Sinfonía de silencios
abrazando mis oídos.